Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 7 Agosto, 2015

Una sociedad donde se discrimina a los ciudadanos inspirada en criterios religiosos no es democrática

Familia, religión y política

Las visiones de mundo que determinados grupos sociales se apropian en vistas a legitimar su poder, pueden provocar conflictos políticos si entran en contradicción con la dinámica que en el seno de una sociedad se desarrolla.
Las organizaciones religiosas no escapan a esta caracterización, pues buscan influir en la escala de valores por la que las personas rigen su conducta tanto en la esfera privada como pública. El mensaje de la jerarquía católica ante una multitud de creyentes el pasado 2 de agosto obedece a esta lógica. Buscando defender “la familia”, fija normas en la esfera de la ética íntima.
Me parece normal que quienes tienen influencia en la opinión pública externen sus visiones de mundo y las promuevan. En un régimen democrático tal como lo entendemos los costarricenses, es incluso legítimo a condición de que este mismo derecho sea reconocido por igual a TODOS los sectores de la sociedad.
La “familia” como estructura de la sociedad está cambiando vertiginosamente, pues Costa Rica está dejando de ser una sociedad mayoritariamente aldeana, para convertirse en una masivamente citadina. Una cultura no es solamente una sensibilidad colectiva plasmada simbólicamente en las obras de arte; expresa también una escala de valores que se transmite a través de sus instituciones.
Debido a que las relaciones del ser humano con su entorno, tanto material como cultural, han sido profundamente modificadas por la racionalidad científica y el poder que le otorga la tecnología, la familia tradicional está transformándose profundamente.
La mujer hoy en día se ha emancipado después de vivir milenios bajo una hegemonía patriarcal. Tanto hombres como mujeres han adquirido una nueva conciencia de sí, por lo que se apropian de un mayor margen de libertad, así en lo político (democracia participativa y directa) como en lo que toca a su privacidad.
En un contexto citadino, el número de hijos disminuye sustancialmente, como lo vemos ahora en Costa Rica; el círculo familiar se limita a los miembros más cercanos; la pareja exige una amplia libertad, tanto en las decisiones como en la escogencia de las personas con quienes se quiere compartir la intimidad.
Pero eso exige que sean respetados legalmente y en su totalidad los derechos de las parejas sin ser discriminadas, sean hetero u homosexuales. Esa misma libertad se debe aplicar igualmente al recurso a los avances de la tecnología médica, tanto para controlar la natalidad, como para superar la infertilidad (fiv). Los grupos sociales a que me refiero no son minorías. Hay un 10% de la población que es homosexual. Hay cerca de un 14% de matrimonios que no pueden tener hijos, muchos de los cuales añoran tenerlos.
El Estado debe legislar para que TODOS los ciudadanos gocen de plenos derechos en concordancia con el principio constitucional que estipula que TODOS somos iguales ante la ley. Una sociedad donde se discrimina a los ciudadanos inspirada en criterios religiosos no es democrática; sigue viviendo en un limbo medieval.
El papa Francisco así lo ha entendido. Pero sus enseñanzas no parecen tener eco en los sectores conservadores de la Iglesia costarricense. Están en su derecho; pero esto no los faculta moralmente para recurrir a manipulaciones religiosas con el fin de tratar de imponerse sobre una sociedad que camina a pasos agigantados hacia la laicidad.

Arnoldo Mora