Enviar
El aplauso o chiflido interior


La noche del 15 de octubre de 2008 será recordada por la afición y por los miembros de la Selección Nacional de Fútbol de Costa Rica. Ocurrió algo inaudito que dejó una gran enseñanza.
Luego de un año y 12 partidos sin victorias, la “tricolor” hacía historia al completar su sexto partido invicto en un proceso a un Mundial, ganaba una cuadrangular clasificatoria, con dos partidos de anticipación a su conclusión, y celebraba haber anotado la mayor cantidad de goles y ser el equipo menos goleado. Por si lo anterior fuera poco, con un rendimiento de 100%, se convertía en la única Selección invicta en América en las eliminatorias hacia Sudáfrica 2010. Lo inaudito es que una parte de la afición que le observaba derrotar al campeón del Caribe, se puso del lado de Haití y chifló a la tricolor. En los últimos minutos, los aficionados brindaron a su selección un entrenamiento para lo que le espera al jugar de visita. A pesar de eso, fiel a la constancia, uno de sus cinco valores, la Tricolor anotó un segundo gol en los minutos finales.
Paradójicamente, esa día, las aficiones de Honduras, Guatemala, Estados Unidos, Haití, Surinam y México lamentaban los resultados de sus selecciones, pero la tica no perdonó que la suya ganara un complicado partido que no permitió el desempeño vibrante que la afición y los jugadores esperaban, pero sí una victoria histórica.
Todo esto merecería un análisis sociológico sobre el comportamiento de masas, sobre la extraña conducta de quienes desmerecen los logros alcanzados por un equipo que, bajo el liderazgo de Rodrigo Kenton, lo único que ha hecho es trabajar fuerte para darle satisfacciones, como nunca antes, al inicio de un proceso eliminatorio. Está claro que la Selección tiene apenas cuatro semanas de trabajo con el nuevo Cuerpo Técnico y que deberá crecer futbolísticamente, pero el papel esperado de la afición es, precisamente, apoyarle, y sumar como jugador número 12, en especial cuando las cosas no salen bien en la cancha; ella debe comprender que el éxito ni el rendimiento son líneas recta.
Y ahora, la lección. En el camerino sí nos aplaudimos unos a otros porque nuestra conciencia estaba tranquila; habíamos trabajado con responsabilidad y alcanzado un gran objetivo. Esa noche nos sentimos más unidos, solidarios, comprometidos con mejorar, y, sobre todo, más conscientes de que quien hoy te aplaude mañana te puede chiflar, y viceversa.
Si uno hace las cosas en función de la aprobación de los demás, puede llevarse sorpresas inauditas. Por eso, en lugar de caer en la adicción al frágil elogio, es mejor esforzarse al máximo y luego escuchar el sincero y sensato aplauso o chiflido de nuestra propia conciencia.

German Retana
[email protected]


Ver comentarios