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Martes 27 Noviembre, 2007

Esperanza en Annapolis

Todos los que todavía creemos en la capacidad del ser humano civilizado de resolver sus diferendos por medio del diálogo y no de la guerra, vemos en la conferencia de Annapolis una nueva oportunidad, otro puente que se tiende para que Oriente Medio aligere su ya difícil y tortuoso camino.
Es cierto que la intención no basta, se requiere a veces que una fuerza mayor, que el deseo impostergable de tranquilidad y la necesidad innata de cada uno de vivir en armonía, empujen a los hombres hacia el difícil y escurridizo espacio del diálogo, hacia el entendimiento y la concertación duraderos.
Este último esfuerzo de la administración del presidente George W. Bush para lograr la tan deseada distensión en esa conflictiva zona del mundo, propuesta que ha sido denominada por la señora Condolezza Rice como una “plataforma de lanzamiento” para lograr en un futuro la creación de un Estado Palestino.
El rompecabezas que constituye Oriente Medio con problemas innumerables tales como: los refugiados, el estatus de Jerusalén, las fronteras comunes de un eventual Estado Palestino, las alturas del Golán, los asentamientos de los colonos judíos en Cisjordania, la seguridad mutua, las fuentes de agua, etcétera, representa una monumental labor que debe ser seguida de cerca y apoyada sin reparos por la comunidad internacional. Ante todo, y quizá sea lo fundamental, debe existir un espíritu real de compromiso entre los principales actores.
Demasiada sangre inocente ha empapado esa tierra que tanto significa para millones de seres humanos nativos y también para otros tantos que habitamos fuera de ella.
Los odios y las heridas no sanarán en el corto plazo, pero es urgente que una solución al conflicto, un alto el fuego y la paz, les permitan empezar a entenderse y a sanar esas heridas.
Todos van a Annapolis por lo que consideran justo, por lo que consideran como suyo. Pero posiblemente la clave del éxito está en la capacidad y en la valentía de cada uno de creer y de ceder, de ceder en posiciones que se han vuelto rígidas con el pasar de las décadas y por los fracasos de los intentos de entendimiento anteriores.
Tengamos la fe, el optimismo y la esperanza de que este nuevo esfuerzo nos permitirá, a la generación actual, ver cómo la paz y la concordia se instalan de manera definitiva en Oriente Medio y podamos ver también cómo los israelíes y los palestinos se dan la mano y acuerdan compartir con seguridad y confianza mutua esa significativa y amada por todos, tierra Santa.

Johnny Sáurez Sandí
Abogado y notario