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Es un mundo de hombres
Es una afirmación que, nos guste o no, las mujeres de Asia pueden hacer

Japón y Corea del Sur desaprovechan a las mujeres sin tener prácticamente en cuenta hasta qué punto eso limita su crecimiento. Filipinas envía muchas al exterior para que trabajen como domésticas y manden dinero al país para apoyar una economía ineficiente.
Una preferencia por los varones en India y en otras partes trae aparejado el aborto electivo de fetos femeninos.
Indonesia y Malasia enfrentan una islamización progresiva, que puede obligar a las mujeres a cubrirse y retirarse de la vida pública.
Las consecuencias para China podrían ser igualmente fuertes, sin hablar de deprimentes.
Hace más de 40 años, Mao Zedong proclamó que las “mujeres sostienen la mitad del cielo”. Hoy, es más una aspiración que un hecho. Las mujeres están apenas representadas en los escalafones más altos del gobierno de China y las empresas estatales más grandes.
Impulsar su rol fortalecería a la industria y apuntalaría la legitimidad del Partido Comunista, que celebra su 90° aniversario en medio de signos progresivos de que el crecimiento económico podría estar en peligro.
La discriminación de género no es un gran tema entre los inversores. El fenómeno no entra fácilmente en las valuaciones de las acciones, los rendimientos de los bonos o las cifras del producto interior bruto. Sin embargo, sus consecuencias negativas son subestimadas, especialmente cuando consideramos lo fácilmente que se puede resolver.
Los economistas del desarrollo desde hace tiempo relacionan el fortalecimiento femenino con un mayor crecimiento, retornos más altos sobre la inversión, mayor productividad, mejores rendimientos agrícolas y una demografía más favorable.
Para un país que se industrializa, desdeñar a las mujeres es como luchar con una de las extremidades atada a la espalda. Es poco sensato conforme China enfrenta una inflación más alta y una ampliación de la división ricos-pobres que podrían favorecer la agitación social y el sentimiento contrario al régimen.
La escena internacional está plagada de riesgos que exigen que China valore aún más las estrategias para el crecimiento.
La recuperación de la economía estadounidense parece estar estancada. Europa podría ser aún más frágil en tanto China apoya en este momento los mercados de la eurozona usando sus bolsillos llenos para comprar deuda soberana allí.
Desde la perspectiva de los países desarrollados, es poca la atención que se presta a los problemas de género en China.
Vemos, en cambio, su crecimiento del 10%; un gobierno central con una disciplina asombrosa; US$3 billones de reservas monetarias; megaciudades desbordantes de grúas; ejércitos de banqueros y ejecutivos trabajando con un solo propósito; científicos que desarrollan supercomputadoras que se cuentan entre las más veloces del mundo y legiones de ingenieros capaces de desviar ríos gigantescos como el Yangtze. Rara vez consideramos sus fallas estructurales.
En todo esto, las mujeres son casi invisibles. Esto se debe en parte a una tradición burocrática en la empresa y el gobierno que no es lo bastante flexible como para dar cabida a las mujeres que quieren tomarse tiempo para tener una familia. Un empleo en la administración pública china puede significar una vida de banquetes oficiales rociados con licor donde se forjan las relaciones profesionales.
Desde la fundación de la República Popular en 1949, solo dos mujeres han sido designadas gobernadoras de alguna de las 31 provincias chinas y de las cuatro municipalidades más grandes; ninguna presta servicio en la actualidad.
La falta de avance femenino en el sector público desmiente los éxitos en el ámbito privado. Hasta el año pasado, seis de las 19 mujeres multimillonarias del mundo gracias a su propio esfuerzo eran chinas.
Equiparar ese récord en el sector público le resultaría muy útil a China en tanto el país trata de dejar de ser la fábrica del mundo para convertirse en líder en servicios y tecnología. Al no aprovechar todo el potencial de la mitad de la reserva de talento, China indudablemente está limitando sus posibilidades de crecimiento.
China también enfrenta retos demográficos. Los desequilibrios en la proporción de los sexos constituyen un problema creciente porque se suele preferir a los hijos antes que a las hijas. Hacia 2020, 30 millones o más de hombres chinos en edad de casarse podrían ser incapaces de encontrar una pareja. Los sociólogos lo llaman “exceso de testosterona”. Es difícil predecir qué tipos de presiones sociales creará.
Japón muestra los puntos débiles del sexismo institucionalizado. Recientemente, la oficina pública de igualdad de géneros recomendó cuotas obligatorias para llevar más mujeres a los puestos públicos. Sin embargo, los hombres de más edad que tienen las riendas del medio empresario en Japón prefieren perder más terreno antes que dejar entrar más mujeres a las oficinas ejecutivas y las discusiones parlamentarias.
China debe tomar otro camino si quiere evitar el estancamiento que asedia a Japón. Es crucial que su política y sus directorios de empresa dejen de ser un club de hombres. La fuerza de trabajo de China está envejeciendo, y una inyección fresca de talento podría ayudar a los líderes a planificar para el futuro. Crearía un sistema político y económico más equilibrado, dinámico y sustentable para los 1.300 millones de chinos.
La gente es libre de debatir si realmente este es un mundo de hombres. No es debatible en cambio que la discriminación de género es más que injusta. Es mala economía.

William Pesek / Bloomberg News


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