Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 6 Noviembre, 2008

De cal y de arena
Equilibrio azucarado

Alvaro Madrigal

La más grande y más pujante agroindustria azucarera del país está en Guanacaste. Ahí se concentra el mayor número de agricultores dedicados a la caña de azúcar (alrededor de 5 mil cañeros independientes) y son tres los ingenios, grandes en tamaño, los que procesan alrededor de la mitad del azúcar nacional. No hay ahí ni ingenios ni cooperativas pequeñas, lo que determina la presencia de una actividad de configuración no repetida en el resto del país y no existente cuando se creó el marco regulador de las relaciones entre productores e industriales de la caña. Desde entonces ha habido cambios en el sector, que han traído desequilibrios en las relaciones entre la industria y el agro, y que motivan a la Cámara de Productores de Caña de Guanacaste a promover reformas. Tarea no desprovista de dificultades cuando se topa con un statu quo ventajoso para la industria azucarera guanacasteca. Como se desprende de los planteamientos de esa Cámara ante la Liga de la Caña en mis manos, azúcar vendido en cuota se pagó en la zafra 2006/2007 a ¢136 el kilo en promedio y el vendido en extracuota se pagó a ¢32 por kilo. Es la Ley 7818 (ley orgánica del sector) la que fija los mecanismos operativos y los de distribución de resultados a partir de estudios técnicos y de audiencias a los interesados. En el esquema vigente para todo el país, significa que al ingenio corresponde el 68,75% de los beneficios (37,5% en concepto de cobertura de los costos de proceso y 31,25% correspondiente a su propia caña) y a cada agricultor independiente el 31,25% restante.

La Cámara reclama revisar esta distribución en el interés de una participación equitativa de cada sector que garantice estabilidad y crecimiento óptimo, máxime con las perspectivas que ofrecen la producción de etanol y de electricidad a partir del bagazo. Pero la Liga rechaza la petición; cree ver de por medio una acción excluyente y por tanto vedada por afectar a unos cuantos ingenios, no a todos, y la Federación de Cámaras de Productores de Caña teme que esos estudios técnicos provoquen en las actuales circunstancias hondas controversias debilitadoras de la agroindustria. Reservas estas que no dejan de ser sorprendentes y curiosas ya que la gestión es solo para “hacer estudios” acerca de algo que la Cámara visualiza injusto y desequilibrado. Demostrar dónde está la verdad con el estudio técnico que se pide, ayudaría a consolidar la confianza y confirmaría que la Liga, como lo proclama su ley orgánica, está para hacer valer los principios de justicia social y reparto equitativo de la riqueza.

Me ocupo aquí del caso precisamente por esto: la Liga de la Caña es un inteligente punto de coincidencia de voluntades para forjar la consolidación y expansión de una actividad que por expuesta a mil adversidades, bien pudo haberse quedado reducida a lo simbólico. Está donde está por ese haz de propósitos que existirá siempre que haya equilibrada participación de actores. Como en el caso del café, del banano y del sector lácteo. ¿Por qué no acceder a hacer los estudios técnicos solicitados por una de las partes y despejar dudas?