Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 22 Septiembre, 2008

Ensayar para la vida

Claudia Barrionuevo

Llegamos a la vida absolutamente dependientes de nuestros progenitores ——de la madre en realidad— y allí iniciamos un largo camino de aprendizajes diversos.
Desde lo que parece básico —pero debe ser complicadísimo— como caminar y hablar, hasta adquirir cierta experiencia —siempre escasa— en el arte de tomar decisiones o sea trazar el camino de la vida, pasando por reconocer las reglas básicas de convivencia y aceptarlas lo cual resulta imposible para algunos.
Pero como bien dice García Márquez, “la sabiduría nos llega cuando ya no nos sirve para nada”. Verdad absoluta.
A medida que uno cumple años —para no utilizar el desagradable término de envejecer— mira hacia atrás y piensa en todo lo que no repetiría, recuerda cada escogencia errónea (por supuesto desde la sabiduría del ahora no a partir de la pasión del entonces), fantasea con otras decisiones. Con otra vida.
Los hijos siempre lo obligan a uno a recapacitar, a imaginar —en todo caso— otro destino después de su nacimiento. No quiere uno viajar en el túnel del tiempo y borrarlos. Sabe que no puede soñar con haberlos tenido en otro momento de la vida, porque esa combinación única de genes solo se da una vez.
Todos pensamos en algún momento de nuestra vida “¿Qué hubiera pasado sí...?” y ese condicional nos hace fantasear con una vida paralela, en otra dimensión donde somos más plenos, más nosotros mismos. Más felices. Todo relativo, por supuesto.
Cada vez que nos vemos enfrentados a tomar una decisión que cambie nuestro destino nos paralizamos. Desearíamos tener una bola de cristal, una experta en leer las cartas del tarot, alguien que en verdad sepa leer el I Ching, un maestro en el arte de entender las runas o —para hablar en términos tecnológicos— una pantalla de plasma que nos muestre el futuro y así estar seguros de tomar el camino más indicado, tal vez no para ser felices pero sin lugar a dudas para ser menos infelices.
O bueno, ya que la vida tiene tantos límites, y la fantasía y los sueños no, si por lo menos pudiéramos ensayar. Ilusión de teatrera. Ensayar una y otra vez cada momento de la vida hasta que nos saliera bien. No perfecto, porque es imposible en la vida y en el teatro, pero lo más parecido al momento ideal. Que con director de escena —o de vida en este caso— o sin él, pudiéramos intentar varias veces cada situación, cada instante, cada circunstancia hasta que quedara lo más parecido a nuestras esperanzas.
Que siempre nuestra vida tuviera la escenografía, la música, el vestuario, la iluminación, la situación y los diálogos ideales. Y que —claro— como en algunas obras teatrales cada momento tuviera un final feliz.
Pero bueno: soñar no cuesta nada. Realizar una producción teatral, mucho. Y para algunos como para mí en eso consiste la vida-vida (la de verdad) en poner en escena un texto teatral que —al menos para uno— sea lo más parecido a la perfección. Lo más parecido a la felicidad.

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