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Medir el rendimiento de los funcionarios públicos y corregir lo necesario para que destaque la eficiencia, debió ser la carta de presentación del gobierno antes de pedir más dinero para el gasto público

Enorme piedra en el zapato

La empresa privada tiene excelentes mecanismos de comprobación del grado de eficiencia de sus colaboradores. Se sabe cuán eficiente es cada persona de acuerdo con las exigencias de sus funciones y responsabilidades. Se miden calidad y cantidad del trabajo realizado y sobre todo se comprueba si son buenos los resultados.
Sin esta herramienta ninguna compañía puede aspirar al éxito porque aún hoy, con el arsenal de tecnología a disposición, es el recurso humano el único capaz de, usándolo, llevar a las empresas hacia delante en forma exitosa.
Se necesitan el conocimiento y el talento humanos para reinventar, innovar y dar nueva forma al quehacer en las sociedades en constante evolución.
El uso de dicha herramienta para medir la eficiencia y los resultados en la función pública, indicaría dónde hay problemas de ineficiencia, en qué medida y a causa de qué, es decir, dónde no se está ejerciendo el control que se debería sobre el rendimiento del personal.
Podría ser este el primer paso de todos los que se deben dar para tener un Estado eficiente, sea cual sea el modelo de desarrollo que queramos para nuestra sociedad.
No obstante, es totalmente claro que esa indispensable tarea no se hizo en administraciones anteriores ni en la actual. Es más, nunca ha formado parte de las promesas de campaña porque al ser algo impopular no es ni siquiera tomado en cuenta por aquellos partidos políticos, transformados hoy en meras maquinarias electorales hambrientas de poder.
Lo confirma el hecho de que sobre este tema no se habla y cuando este medio, por ejemplo, saca a relucir la gravísima situación, lo que se oye es un silencio absoluto. La verdad, cuando no se quiere aceptar, se suele esquivar como si con ello se pudiera desaparecer. Sin embargo, como reza el dicho, “el que calla otorga”.
No obstante, medir el rendimiento de los funcionarios públicos y de sus jefes inmediatos, y empezar a corregir lo necesario para que en ese sector brille la eficiencia, debería haber sido la primera de las cartas de presentación que el gobierno antepusiera antes de atreverse a pedir más dinero para el gasto público.
Por otra parte, si en la administración pasada se elevó en gran medida el número de empleados públicos, para intentar de ese manera paliar en algo la crisis económica, no debió hacerse aumentando una planilla estatal que, se sabía, luego de acabados los fondos que se habían acumulado en la administración anterior, no habría con qué sostener.
Esa medida y consentir la enorme evasión fiscal, solo aumentó un mal que no se ha querido sanear.


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