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En tiempos de crisis, nada mejor que una boda real
Todos esperan ahora en el Reino Unido una especie de nuevo efecto Diana, aunque sin las consecuencias trágicas del primero

En época de crisis, nada mejor que un enlace real, y en estos tiempos democráticos todavía mejor si es morganático como el que anunciaron el mes pasado el príncipe Guillermo, segundo en la línea de sucesión, y Kate Middleton.
Todos esperan ahora una especie de nuevo efecto Diana, aunque sin las consecuencias trágicas del primero, y si de algo puede ufanarse el Reino Unido es de tener una monarquía realmente global.
Solo así se explica que nada más publicarse el escueto comunicado de Clarence House, la residencia oficial del príncipe Carlos, anunciando el enlace, la noticia estuviese ya en los portales de Internet de los medios de todo el mundo y fuese incluso primera página de los periódicos al día siguiente.
La monarquía británica es tal vez el mayor atractivo turístico de un país que no parece haberse resignado a la pérdida de su imperio y que, gracias al idioma y a su dominio de las relaciones públicas, sabe vender mejor que nadie cualquiera de sus activos, empezando por los Windsor.
La noticia del enlace no podía haber llegado en mejor momento para el gobierno de David Cameron, que, cuando se anunció, hacía frente a otras informaciones menos placenteras como la indemnización que ha tenido que pagar a varios sospechosos de terrorismo para evitarse un bochornoso proceso en el que podrían haber salido a relucir la complicidad de las fuerzas de seguridad de este país en las torturas a ciudadanos británicos.
Y el anuncio de que el viernes fijado para la boda —el 29 de abril— será festivo, lo que proporcionará a los británicos un largo fin de semana por serlo también el lunes siguiente, mejorará el humor de la gente, lo que tampoco le vendrá mal a Cameron.
Mientras tanto, la industria del kitsch se ha puesto manos a la obra y las tiendas de souvenirs del centro de Londres van a llenarse de platos de todos los tamaños, tacitas de té y jarras con los retratos de la pareja, exactamente como en tiempos de Diana.
La prensa británica ya hace cálculos sobre el dinero que reportará a la maltrecha economía británica esa unión gracias a su repercusión mediática global: 730 millones de euros, según algunos expertos.
La boda supondrá un gran impulso para el turismo hacia el Reino Unido —la de Carlos y Diana atrajo en su día supuestamente a 600 mil turistas adicionales— y los comercios minoristas ingresarán millones con la venta de artículos relacionados con el enlace. Los tabloides tienen también comidilla para unos cuantos meses aunque, tras la auténtica cacería a la que sometieron a Diana, a la que muchos culpan de su muerte, los paparazzi deberán tener esta vez mucho más cuidado con la joven pareja.
Mientras tanto aumentan las presiones para que el Reino Unido cambie una ley que se considera trasnochada y que da preferencia al varón en la sucesión al trono.
Señal también de que los tiempos están cambiando es la propuesta de un ex secretario particular de la princesa de Gales, que ha sugerido en público que Middleton debería firmar un nada romántico acuerdo prenupcial.
Si los contratos prematrimoniales han sido populares entre las estrellas de Hollywood, no formaban parte hasta ahora de las leyes británicas.
Esto cambió en octubre pasado cuando un juez reconoció un contrato firmado por una heredera alemana a la que su ex marido, francés, trató de despojar de una parte de su fortuna pese a haberse comprometido por escrito a no hacer reclamación alguna en caso de divorcio.
Pero nadie cree que vayan a seguir su consejo por considerarlo en este caso totalmente falto de tacto.

Londres / EFE
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