Elecciones en Venezuela deben preservarse por la democracia
Las elecciones para la legislatura unicameral de Venezuela tendrán lugar el 6 de diciembre, y la oposición al presidente Nicolás Maduro y su Partido Socialista Unido gobernante encabeza las encuestas. Bloomberg/La República
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Sucede que las reservas petrolíferas más grandes del mundo se encuentran en el país con la peor gestión económica. Los venezolanos merecen algo mejor, pero necesitan la ayuda de sus vecinos para obtenerlo.

Las elecciones para la legislatura unicameral de Venezuela tendrán lugar el 6 de diciembre, y la oposición al presidente Nicolás Maduro y su Partido Socialista Unido gobernante encabeza las encuestas.
Maduro está haciendo todo lo posible por evitar una victoria de la oposición –no solo manipula distritos electorales, domina las ondas y crea votaciones deliberadamente confusas, sino que también está encarcelando o descalificando a sus opositores.


Además, las encuestas no pueden dar cuenta de los complejos funcionamientos de la votación de la Asamblea Nacional (una mezcla de representación proporcional y directa) ni de la toma de control progresiva de los mecanismos electorales de Venezuela tan elogiados en el pasado.
Pase lo que pase, una cosa es clara, empero: Venezuela no puede seguir así.
La economía venezolana se contraerá 10% este año y su tasa de inflación llegará a 159% –dos distinciones deshonrosas que baten récords.
La caída del precio del petróleo, que representa aproximadamente la mitad de los ingresos fiscales, 95% de las exportaciones y un 15% del producto interno bruto, también ha dejado al país dependiente de préstamos chinos para evitar la cesación de pagos.
Los controles laberínticos sobre la moneda y los precios han transformado la vida cotidiana en una búsqueda del tesoro por huevos, pan, medicamentos y otras necesidades diarias.
Compinches ricos han acaparado los mercados manejados por el Estado. Los pobres se las arreglan revendiendo sus productos subsidiados en el mercado negro. La clase media de Venezuela, por su parte, se sumerge más en la deuda y la desesperación, o emigra.
Maduro ha respondido al descontento con su típica muestra de fanfarronería y represión.
Aparte de sus artimañas electorales, manipuló el poder judicial venezolano, intimidó a periodistas y activistas de derechos humanos y declaró un estado de emergencia injustificado en 24 municipios.
Para atizar el fervor nacionalista, ha buscado peleas contra Colombia y Guyana, y acusó a los Estados Unidos de librar una “guerra total” contra Venezuela.
Entretanto, la Organización de Estados Americanos teme con justa razón que las elecciones del mes próximo no sean libres ni imparciales.
Maduro podría aliviar estas preocupaciones aceptando a observadores de la OEA y la Unión Europea en la elección. Es poco probable, de modo que las democracias del hemisferio deben estar preparadas para la peor hipótesis: un resultado electoral cuestionado que traiga aparejadas agitación y represalias.
El solo hecho de documentar abusos podría ayudar a la OEA a lograr un acuerdo respecto de la necesidad de una intervención –sanciones económicas, por ejemplo, o un congelamiento diplomático. En líneas más generales, los vecinos de Venezuela deben obligar al país a responder por la corrupción y la anarquía que lo han convertido en un centro para el tráfico de drogas.


 


 


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