Leopoldo Barrionuevo

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Domingo 13 Septiembre, 2009


Elogios
El tiempo restante

Hace tiempo que lucho con el tiempo y cuando me preguntan cuál es el afán, tengo para mí que no me queda demasiado, sino en tanto el que me resta es mucho menos del que hasta ahora he vivido; por lo general la respuesta es cuanto menos cursi y trillada: “Nadie tiene comprada la vida”.
Puedo decir como Violeta Parra: “Gracias a la vida que me ha dado tanto” pero no quiero mirar hacia atrás para no caer en la reminiscencia y la nostalgia que son inevitables para los que han vivido plenamente y se aferran a un pasado siempre embellecido porque ya pasó y han sido olvidados los malos momentos.
Por el contrario, miro hacia adelante sin temor, me ocupo de mi mismidad más que en el pasado y sufro menos por los otros, además de aceptarme tal y como soy, sin pretender cambiarme, al fin y al cabo no siempre fui lo que pretendía ser ni mucho menos alcancé mis escasos logros por haberlo deseado, como decía don Ata Yupanqui: “Uno está donde uno quiere muchas veces sin pensar”.
No me arrepiento de haber viajado tanto aunque haya sido por trabajo; ni de haber dado conocimientos a gente que no los apreciaba por cuanto me compensan ampliamente los menos a quienes contribuí a cambiar su vida; mi vida se llenó de amigos y familia y hubiera querido dar más de mi parte para devolver cuanto me obsequiaron; entre mis mejores amigos, los libros pero mucho más la realidad con la que conviví sin quejarme, sin empañar su encanto maldiciendo mi suerte…
No soy ningún ejemplo de nada pero estoy satisfecho de mí y eso me basta, porque continuar no es algo que pueda alentarme en lo que resta, no soy competidor sino conmigo mismo en todos los órdenes y puedo repetir a ese excepcional poeta brasileño —Mario de Andrade— cuya obra conocí gracias a mi primo el Dr. Agüero en su poema “El valioso tiempo de los maduros” y solo lamento que el espacio me obligue a seleccionar textos:
“Me siento como aquel chico que ganó un paquete de golosinas: las primeras las comió con agrado, pero, cuando percibió que quedaban pocas, comenzó a saborearlas profundamente…/ Ya no tengo tiempo para reuniones interminables, donde se discuten estatutos, procedimientos y reglamentos internos sabiendo que no se va a lograr nada…/ Ya no tengo tiempo para soportar absurdas personas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido. Ya no tengo tiempo para lidiar con mediocridades…/
Sí, tengo prisa por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.
Pretendo no desperdiciar parte alguna, de las golosinas que me quedan. Estoy seguro que serán más exquisitas que las que hasta ahora he comido.
Mi meta es llegar al final satisfecho y en paz con mis seres queridos y con mi conciencia. Espero que la tuya sea la misma, porque de cualquier manera llegarás…”.

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