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El regalo

Vilma Ibarra [email protected] | Miércoles 19 diciembre, 2012


Mi anhelo más ferviente me lleva a pedir enormes dosis del nostálgico y delicioso elixir de la confianza en esta Navidad


Hablando Claro

El regalo

Acaso creerá que estando en plena euforia comercial, a tan poco ya de la Nochebuena y con la fama de compulsiva que me gasto, podríamos externar algunos anhelillos materiales. No. Esta vez dejé el egoísmo a un lado y más bien me puse a darle vueltas al regalo que ocupamos todos.
El que yo quisiera recibir el 24 con la ilusión de la niña que fui a los siete, cuando mi papá me enseño a manejar la bici de mis sueños o a los ocho cuando pensé que subiría al cielo con patines en el Parque de Sabanilla de Montes de Oca.
Ese regalo que, con toda certeza, a usted le encantaría poseer. Recordé entonces no solo esas inolvidables estampas grabadas en el corazón de la infancia, sino también en los empeños de adolescente y hasta en los sueños de la adulta joven que también dejé atrás, para concentrarme en los que hoy sin duda querría alcanzar. Y de pronto, gracias al sorteo de la lotería del domingo me percaté que el regalo que quisiera con todas las fuerzas de mi ser ciudadano obtener, o más bien recuperar, es la confianza.
Tal vez esto le suene a cursilería barata. En todo caso, créalo o no, yo quisiera que volviéramos a tener (y tenernos) confianza.
Sin duda, un psicólogo social o un sociólogo podrían explicarnos en cuáles de las tantas tómbolas del juego siempre inacabado de nuestra construcción colectiva, perdimos la confianza y por qué ahora no solo no sabemos cómo recobrarla sino que cada día nos empeñamos en abonar más la maleza de desconfianza y con ella, los matorrales del descrédito, del escepticismo y de la inseguridad misma, tanto como los abrojos que nos han hecho perder las mínimas certidumbres y con ello la necesaria intimidad para poder ver al otro con el hermoso traje de la buena intención que un día llevó puesto. Tanto como para estar perdiendo la libertad y el gozo de saborear la democracia que construimos y la posibilidad de vivir con alegría la convicción de creer mucho más en nosotros mismos.
Palabras más, palabras menos, el diccionario global dice que la confianza es creer que tenemos la capacidad y el deseo de actuar correctamente. Un experto dice que la confianza es una especie de apuesta en los otros que nos produce cierta tranquilidad, porque supone bajar el escudo de la incertidumbre respecto a las acciones de los demás; acciones que por supuesto no controlamos.
De modo que cuando nuestras relaciones de confianza social están tan venidas a menos como para que los tinglados de las teorías conspirativas (el sospechómetro, dice un amigo) copen hasta el edificio de la Junta de Protección Social porque el gordo navideño no se vendió, no podemos sino afligirnos por la forma irracional en que nuestras relaciones sociales se están complicando cada vez más.
Por eso, mi anhelo más ferviente me lleva a pedir enormes dosis del nostálgico y delicioso elixir de la confianza en esta Navidad.

Vilma Ibarra

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