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Jueves 18 Marzo, 2010

El que toma no debe conducir

Imaginar el dolor de perder un hijo es imposible. Solo quienes lo han vivido pueden saber y sentir cómo se desgarra el alma y un pedazo de ella muere con él. Tal vez esta falta de imaginación es la que lleva a algunos a equivocar su compromiso para ponerse del lado de aquel, que por irresponsabilidad, se expone a perder su libertad, su preciada licencia o la vida por la cual claramente no tiene ningún respeto.
Siendo Primera Dama impulsé una nueva Ley de Tránsito, que vino a incrementar las sanciones y penas impuestas a los conductores temerarios, irresponsables y ebrios que en aquel momento tomaban las carreteras como pistas para hacer “piques”, dejando a su paso muerte y dolor.
Veinte años después, era el momento oportuno para sentar nuevas reglas, sanciones y penas que respondieran con firmeza ante una vergonzosa realidad: nuestras calles se tiñen de sangre por la irresponsabilidad de los conductores temerarios y borrachos, a quienes hay que negarles el privilegio de poder conducir un auto.
Fue evidente que la ciudadanía necesita verse presionada con altas multas y penas de cárcel para renovar licencias, revisar autos y bajar el consumo de licor. Solo cuando “jugársela” sale caro se toman medidas correctivas.
Es parte de nuestra idiosincrasia, no hemos sido educados en la responsabilidad y el respeto a la ley; hemos fomentado el irrespeto a la autoridad y creemos que jugársela y salirse con la suya es motivo de orgullo.
Hemos perdido cuatro años en discusiones estériles; las recomendaciones técnicas y la experiencia fueron avasalladlas en la eterna defensa del “pobrecito” que debe sufrir las consecuencias de sus actos.
Al igual que otros muchos estuve de acuerdo con que la ley se redujera a un máximo aceptable de 0,5 de alcohol, hoy después de ver la respuesta de nuestros conductores ante la posibilidad de contar con una ley más permisiva, me manifiesto a favor de impulsar desde la Asamblea la “Cero Tolerancia”.
Es evidente que nos tomará años convencernos de que quien toma no debe conducir y que aceptar un mínimo de alcohol en estas condiciones solo abre el portillo para que muchos arriesguen su vida y la de otros.
La reeducación de un pueblo no es cuestión de días, ni de implementar campañas en bares o licorerías; no se trata de mostrar un carro destrozado, patrullas con sirenas y algunas supuestas víctimas. La experiencia nos dice que por desgracia tenemos que ir más allá, que debemos ser más severos en la aplicación de la ley. Y sí, muchos se verán afectados, pero tendremos que aprender a vivir responsablemente, aceptando los límites, cambiando nuestras costumbres y modificando nuestras conductas hasta sentar las bases de una nueva cultura de respeto por la vida.
Es lo menos que debemos hacer para honrar la memoria de los miles de personas que han perdido la vida a manos de conductores ebrios e intentar salvar la vida de otros, entre los cuales puede estar su hijo.

Gloria Bejarano Almada
Diputada electa