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Hechos como los de 1973 y 2001 obligan a que se deba esculpir en piedra ese reconocimiento de las minorías como parte constructiva de la sociedad

El otro 11S de América

En América existe más de un 11 de setiembre. Así como se recuerda el 11S de 2001 como el fatídico día en que fue atacado el World Trade Center en Nueva York, existe también el 11 de setiembre de 1973, el otro 11S del continente americano.
A las 8.46 a.m., a la misma hora que 28 años después un avión se estrellaría contra la torre sur del World Trade Center, las radios chilenas Minería y Agricultura emitieron la primera proclama militar en la que llamaban al presidente Salvador Allende a entregar el mando del país a una Junta de Gobierno, encabezada por el general en jefe del ejército, Augusto Pinochet.
A las 10.30 a.m. de Santiago, el ataque ya era directo. Tanques abrieron fuego contra el Palacio de la Moneda y cuatro horas más tarde trascendió la noticia de que Allende se había suicidado.
El deterioro del sistema democrático chileno, provocado por cuestionamientos a la legitimidad de la elección de Allende y el quebranto de la economía chilena con una fuerte inflación y escasez, ocasionó una radicalización de la política y una polarización de la sociedad a principios de los 70.
Esto, aunado a una atropelladora Reforma Agraria y a presiones de Estados Unidos que consideraba la elección de Allende como “inaceptable”, llevó a que se gestara el quiebre de la democracia ese 11 de setiembre de 1973.
Pero esa ruptura no solo fue política. Atroces violaciones de los derechos humanos de unas 35 mil personas fueron cometidas en manos militares y civiles radicales.
Según los Informes de la Comisión de Verdad y Reconciliación (Informe Rettig) y la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura (Informe Valech), unas 28 mil personas fueron torturadas, 2.279 ejecutadas y unos 1.248 continúan como detenidos desaparecidos.
Además, unas 200 mil personas habrían sufrido el exilio y un número no determinado habría pasado por centros clandestinos de detención.
Este horroroso quiebre en la historia de la humanidad tuvo que ver en parte con un deterioro del espíritu democrático, una ruptura del entendimiento, de la tolerancia y del diálogo, ese norte que nunca debe perderse en una sociedad civilizada.
Hechos como los de 1973, deben esculpir en piedra ese reconocimiento de las minorías como parte constructiva de la sociedad, de los procesos. Nunca más debe permitirse la pérdida del concepto de justicia, de la diferencia del prójimo y del respeto por la vida humana y sus derechos. Es importante que hoy, toda la humanidad reconozca estos quiebres y diga “nunca más”.

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