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Jueves 27 Diciembre, 2007

El oro y el llanto…


Este es mi punto de vista sobre una situación que preocupa y duele, y es nuestro reclamo a otros, por los 500 años de explotación de nuestro continente.
Desde mi óptica, veo claro que nosotros somos de los mismos que llegaron a este continente en tiempos de la conquista; somos de los mismos a los que señalamos como los abusadores que vinieron de Europa hace y durante 500 años. Es que, muchos regresaron, pero otros se quedaron: nuestros antepasados: nosotros.
Lloramos porque los españoles “nos” explotaron, y nos quitaron el oro… pero, yo pregunto: ¿a nosotros?
Los explotados, humillados y desterrados son los indefensos aborígenes o indígenas, legítimos propietarios de estas tierras “nuestras”, que aquí vivían hace 500 años y mucho más de 1.000. A nosotros, los “blancos”, no hay quien nos deba algo, les debemos nosotros a los aborígenes, tanto la cuenta pendiente de nuestros parientes lejanos, como la que seguimos acumulando por nuestra cuenta.
Si analizamos justamente, hemos continuado, sin el mínimo remordimiento, con la labor que iniciaron aquellos antepasados nuestros que llegaron con Cristóbal.
Que da rabia que algunos que no se han quedado mucho se han llevado, da rabia, a algunos, pero, es que, lamentablemente, los que nos quedamos hemos sido y somos vagos, perezosos; aquí, en… en nuestras tierras, veneramos las leyes del menor esfuerzo y del port’amí. Por eso, primero, hay quienes vienen y se van o se quedan solo por negocio, y nos pasan por encima; segundo: somos muy llorones, porque es bastante, en realidad, lo que hemos tenido (ajeno, dijimos) y tenemos. Pero, como no hemos sido de empuje, eficientes y eficaces, y somos individualistas, y por lo tanto, egoístas, como quien dice: ¡la jodemos! No sabemos qué o cómo hacer con lo que hemos tenido y tenemos; o sabemos, pero, qué cansado y qué idiosincrasia heredamos. Está muy claro: si no somos de palo.
Un amigo decía malquerer a los españoles “por lo que nos hicieron” durante la conquista.
Pregunté, una vez más: ¿a nosotros? Y agregué: ¿Y qué hacemos nosotros de nuevo y bueno? ¿Los indígenas, dónde y en qué condiciones están viviendo? ¿Los integramos a nuestra sociedad, como Dios manda, según lo que predicamos? ¿Los recompensamos por lo que “les” hicieron y les quitaron aquellos, a quienes llamamos terribles europeos? O, ¿simplemente continuamos con la misma actitud de nuestros parientes lejanos? ¡Y los arrinconamos, para no ver el pecado! ¿Hacemos algo para borrar ante Dios y nuestros hijos ese pecado?
Nosotros somos de los mismos a los que señalamos, y peor aún: han pasado 500 años y en lugar de arrepentirnos y ser justos, nos sentimos libres de deuda y de responsabilidad, y acudimos a la infancia y decimos: yo no fui, fue Teté.
¡Como no somos de los primeros que desembarcaron, olvidamos de quiénes descendemos, y qué hacemos o no hacemos! O nos hacemos los desmemoriados, porque nos embarcaron y no supimos cómo manejarnos. Debemos invocar a Dios para que nuestra sociedad reaccione, y realmente les tendamos las manos a nuestros ¿hermanos indígenas?
No se trata de que vivamos inmóviles (aunque parezca), aturdidos por semejante pecado; debemos movilizarnos para demostrar a los indígenas y a nuestros hijos, que algo muy bueno tenemos entre pecho y espalda: corazón. Y conciencia. Compartamos con los indígenas, con los que fueron conquistados, lo mucho o lo poco que hacemos y hagamos.
No tenemos por qué o con qué cara señalar a otros, si somos de los mismos a quienes señalamos, y continuamos siendo partícipes, de una u otra forma, del maltrato y el abuso de parte de los “blancos” de este lado del mundo.

Warren Lee