Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 10 Julio, 2010


ELOGIOS
El hincha

El hincha es una “rara avis” que se reproduce cada cuatro años de un modo increíble, pintado y disfrazado con los colores de su patria, aunque sabe que va al muere de arranque y no es que no florezca en modo permanente, sino que en cada Mundial de fútbol retorna con más fuerza que nunca reanimado por los crecientes medios tecnológicos que lo reclutan por doquiera.
Confieso que me hice hincha de Racing Club de Avellaneda a los cuatro años de edad y socio del club con anexo social en la calle Nogoyá en el barrio de Villa del Parque en 1946 unos 25 años después de que lo hiciera Carlos Gardel, cuyo carné tiene en su poder el coleccionista Victorio Saccullo.
El “hincha” actual no tiene límites y aparece por todas partes, su pintura más fiel la brindó Enrique Santos Discépolo en su filme del mismo nombre producido en 1951. Pero, ¿cómo nació el vocablo hincha? La versión más fiel la ofrece el periodista uruguayo Ricardo Soca, quien en sus tres tomos de “La fascinante historia de las palabras” describe la real acepción de la etimología de diversos términos y nos adentra en el origen de un vocablo de alguna manera ligado a Jabulani, el balón tan denostado en el reciente Mundial de fútbol. Porque el primer hincha perteneció al Club Nacional de Montevideo y era el talabartero Reyes, responsable de inflar los balones con sus pulmones en los partidos de principios del siglo XX.
Con ese mismo vozarrón con reminiscencias de vuvuzelas sudafricanas, alentaba a su equipo y retumbaba en la canchita de entonces en el Parque Central lo que le valió el sobrenombre de “hincha” por aquello de que inflaba o hinchaba los balones. El nombre se extendió y los que más gritaban por su club en los tablones, pasaron a llamarse “hinchas”, al igual que Reyes.
Imagínese que el balón no se parecía en nada al Jabulani africano porque dependía del aire que usaba Reyes en cada inflada de balón repletando la cámara de vejiga de cordero y además, para que aguantaran más, les insuflaría más de la cuenta mientras lo iban perdiendo a fuerza de patadas. Pero nadie se quejaba porque no se vivía del fútbol como ahora, era una pasión, un placer inacabable, un motivo de broncas y alegrías.
Debe existir un momento en que los hinchas se pusieron cargosos, pesados, fastidiosos, majaderos, insoportables y surgió el término “hincha pelotas” pero esto debió ser antes de mi infancia, porque por entonces este calificativo era popular, extendido y por demás expresivo. Algunos pretenden unir la función del talabartero uruguayo que hinchaba o inflaba los balones con sus pulmones, lo que no está suficientemente demostrado aún.
Lo cierto es que el hincha más tedioso y peligroso por añadidura es el “barrabrava” pero el hincha actual cada vez más se va convirtiendo en “hincha pelotas”, como a veces el jefe, la doña, el vecino, la mama, porque en el fondo no es un término ofensivo sino afectivo y se usa hasta con cariño salvo cuando el verbo “romper” (no me rompas más) le sube el tono a la cosa y se convierte en medida amenaza, si bien es cierto que “el tono hace a la canción” y las palabras, por sí mismas no dicen gran cosa, no son ofensivas, se conjugan con el entorno y expresan, envueltas en el gesto, lo que uno quiere que el otro perciba.
Hay demasiados usos y hasta hay una búsqueda de simpleza y si bien el lenguaje es producto del pueblo y no de los catedráticos, cuanto más avanza (¿?) la educación, más empeora el lenguaje de la gente que reinventa términos en base a otros lenguajes que divulgan los medios, los viajes y el mero uso esnob que ostenta el chanta, bombeta o pantallero, con nobleza o sin ella.

Leopoldo Barrionuevo
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