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El reto es separar la politiquería de la necesidad de una política estratégica de desarrollo para fomentar aquellas industrias a las cuales apostaremos


El enigma del crecimiento


Resulta contradictorio hablar de la producción a 2030, cuando la proyección para el cierre de este año es de un crecimiento ínfimo.
Sin embargo, la planificación es la única manera para asegurar un bienestar futuro, que permita a las personas ganarse decentemente la vida.
El reto es separar la politiquería de la necesidad de una política estratégica de desarrollo para fomentar aquellas industrias a las cuales apostaremos.
Tres son los pecados cuya solución ya debe formar parte de la agenda de trabajo del sector privado —que oportunamente hace hincapié en las carencias—, y del Gobierno, que al final marcará las condiciones de juego.
Desde hace varios años, existe un divorcio absoluto entre las necesidades del mercado y lo que la gente está estudiando.
Es absolutamente improductivo, y es obligar a esas personas a nunca ejercer la profesión, posiblemente tendrán que optar por oficios de subsistencia.
Si la política de crecimiento se fundamentara en atraer industrias limpias, vinculadas a software y ciencias médicas; deberían existir incentivos para que los jóvenes estudien esas carreras con futuro.
Ahora bien, es urgente atender también a los emprendedores locales, cuyo aporte es tan importante como el de las multinacionales.
El dolor de cabeza actual es el costo de la energía, ya que casi la mitad es producida a partir de combustibles fósiles, forma costosa y contaminante.
En la misma línea, el acceso al crédito es un problema aún no resuelto por la Banca para el Desarrollo.
Son los pequeños empresarios quienes cuestionan la eficiencia de este mecanismo, pues con las reglas actuales quedan excluidos.
La razón fundamental del Ministerio de Planificación fue precisamente dar seguimiento a estos temas, pero el norte parece estar lejano.
Es nuestra obligación exigir esta visión a los candidatos a presidente, que no sea una propuesta populista la razón por la que daremos el voto en febrero próximo.
Pagamos caro la década perdida de los 80, la crisis económica reciente desnudó nuestra vulnerabilidad a los mercados internacionales, y pasamos de ser el competidor intrépido a unos burócratas lentos.

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