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Jueves 12 Noviembre, 2009

El ejercicio del poder

El poder y su ejercicio efectivo, en sus múltiples acepciones, resumidamente significa fuerza o capacidad de modificar la realidad. De su ejercicio deriva un placer de dominio y de control que parece ser altamente exquisito, un placer que atrae; es como una musa que hipnotiza y lo hace especialmente después de que se la ha conocido y se ha disfrutado de sus mieles.
La fuerza que deriva del poder, en aquellos que no comprenden sus alcances, se convierte en un espejismo que los atrae y los ciega, les causa egocentrismo e idolatría propia, les produce una sensación de eternidad y continuidad. Además, podemos afirmar que puede ser enfermizo, que genera adicción y lo peor de todo es que no existe antídoto conocido.
El fenómeno está presente en muchas áreas de la vida cotidiana, lo experimentamos todos los días, muy repetidamente en el campo de la política. Los medios de comunicación nos muestran a conocidos actores de la palestra política, ya “quemados”, como hacen malabares e ingentes esfuerzos por volver al escenario; los desdichados no logran comprender o no quieren hacerlo, que su tiempo ya pasó, que su liderazgo se esfumó.


La mentira, la promesa adornada de realismo, los vanos juramentos o incluso las amenazas veladas, son solo algunos de subterfugios que estos individuos utilizan para volver a “la silla”, por acceder nuevamente a “la batuta” valiéndose de la docilidad, la corta memoria colectiva o la ingenuidad de los pueblos.
Según leemos en Max Weber: "el poder es la probabilidad de que un actor dentro de un sistema social esté en posición de realizar su propio deseo, a pesar de las resistencias". El concepto de poder para Richard Tawney, se centra en la imposición de la propia voluntad sobre otras personas. Literalmente ha escrito: "el poder se puede definir como la capacidad de un individuo o grupo de individuos para modificar la conducta de otros individuos o grupos en la forma deseada y de impedir que la propia conducta sea modificada en la forma en que no se desea".
Lo vemos y lo sentimos por todas partes y nos afecta cada día, el poder se manifiesta de diversas formas, puede vestirse con un colorido traje financiero, un disfraz político, una sotana religiosa, puede aparecer tras un uniforme castrense blandiendo gran poder de mando con filosa espada en la mano, puede ocultarse tras máscaras burocráticas con facultades abusivas y engañosas; siempre dispone de capacidad para construir y también para destruir.
El poder y su ejercicio, en su esfera negativa, traen consigo altas dosis de arrogancia, de culto a la personalidad, de olvido de condiciones anteriores, de negación de realidades y olvido de tiempos pasados aún cercanos; puede generar despotismo (de hecho lo hace con mucha frecuencia), abuso, intolerancia y generalmente corrompe a quien no está preparado, por ignorancia o debilidad emocional, para hacer uso de él y para ejercerlo creativamente.
Generalmente las posiciones de mando son efímeras, circunstanciales; la historia así nos lo ha hecho saber. Hay que tener cuidado con la fuerza que momentáneamente otorga el poder, ya que cuando se termina, cuando se extingue, el final y el desengaño son muy difíciles de aceptar y el vacío imposible de llenar.
La enfermedad derivada de la ilusión del poder (en aquellos que no pueden comprender ni digerir su efímera condición) en sus estados avanzados, crea alucinaciones, viajes oníricos, efigies que caen, castillos que al derrumbarse solo dejan un montón de arena informe. La historia humana está llena de ejemplos de líderes, quienes tras la pérdida del poder se ahogaron en la ansiedad y en la locura.
La lucha que algunos “líderes” han dado por recuperar o por perpetuarse en ese “glorioso” estado, a menudo ha dejado sangrientas estelas de destrucción y consecuencias dolorosas para individuos y pueblos enteros.
En esta materia de peligrosos “poderosos”, tenemos muchos ejemplos “en tiempo real”, en nuestro mundo moderno y también en nuestro continente latinoamericano. Ciertamente sus acciones y pretensiones son muy preocupantes; basta con preguntarle a la madre historia.

Johnny Sáurez Sandí
Abogado y notario