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Miércoles 7 Noviembre, 2007

El conflicto energético

Wilmer Murillo

Nada nos hace reflexionar más sobre los problemas energéticos como un buen apagón o una larga línea de espera en las gasolineras.
Ciertamente, la energía despierta reacciones por igual viscerales, en especial cuando no se puede obtener a bajo precio, como ocurre actualmente.
El ambiente, por otro lado, ocupa ahora un lugar en la agenda política mundial. Y entre los temas ambientales ninguno alcanza mayor prominencia que los asociados a la producción y el uso de energía.
Los problemas energéticos y ambientales despiertan por igual las sensibilidades. Nos oponemos al hecho mismo de llegar a temer la lluvia ácida, el calentamiento global, los desechos nucleares y los derramamientos de petróleo.
La progresiva necesidad de energéticos para sostener el crecimiento económico de los países en desarrollo, es un precursor de un posible conflicto de intereses. Más de tres cuartas partes de la población mundial vive en estos países, pero su consumo de energía per cápita es menos de una décima parte del que realiza la población en los países desarrollados.
Una pequeña multiplicación y un poco menos todavía de imaginación daría idea de la magnitud de la demanda potencial de energía y del alcance de los problemas ambientales que acompañarían al rápido crecimiento económico de los países en desarrollo.
La creciente naturaleza mundial de los problemas energéticos y ambientales significa que el mundo en desarrollo y el desarrollado deben compartir por igual cualquier conflicto de intereses, dondequiera que este se dé.
Esta interdependencia mundial de la energía y el ambiente presenta grandes dilemas económicos y políticos. Es difícil decir a un país pobre que se abstenga de poner en riesgo su ambiente cuando ello solo representaría un retraso para salir de la pobreza. Por supuesto, ninguno de estos argumentos demuestra que sea inevitable un conflicto energético ambiental.
El argumento sostiene que hay tecnología, a la mano, o casi, que nos permite disponer de energía benigna para el ambiente. Aunque esta sería una salida bien recibida, hay lugar para una nota de escepticismo, pues los costos reales de la protección del ambiente no son insignificantes, aun cuando se disimulen en forma muy aceptable.
La perspectiva de un conflicto entre estos profundos intereses energéticos y ambientales es perturbadora y ciertamente inquieta cada vez más en todo el mundo. No es de sorprender que las opiniones difieran con respecto a que este conflicto llegue a darse. No menos polarizado se encuentra el debate sobre qué podemos hacer para evitar aquel o, si fallamos y sobreviene, cómo superarlo con éxito.
Sin embargo, nada de lo anterior quiere decir que el problema energético no sea urgente ni que el inevitable costo de tratar de resolverlo no sea un dinero bien gastado, o que no debamos tener considerable fe en la capacidad de la tecnología para mitigar los problemas. Solo intenta sugerir que no debemos engañarnos al respecto. Y por consiguiente, como con tantos otros problemas de recursos y ambiente, es mejor que nos preparemos a manejar este conflicto de la menor manera posible.