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Sábado 10 Agosto, 2013

El líder estimula a su gente sin que ellos se lo pidan. Eso es esencial. El reconocimiento a la labor efectuada es algo que cualquier humano siempre espera


El buen líder

El cariño, respeto y autoridad personal se gana con una fórmula básica, pero difícil de poner en práctica: predicando con el ejemplo.
En un mundo donde es común ver las contradicciones entre lo que pregonamos y lo que hacemos, echamos de menos a esas personas ejemplares, dignas de admiración y cuyas acciones son verdaderas muestras de esperanza de que los seres humanos podemos ser mejores personas.
Es muy difícil encontrarnos con verdaderos líderes.
Nos cuesta valorar a los demás por sus sentimientos y valores y, más bien, nos engolosinamos con sus aspectos y posesiones materiales.
Pero toda organización social, indistintamente del régimen a cual pertenezca, debe estar sostenida por los hombros de verdaderos líderes, esas personas que no se caracterizan por “ir detrás del batallón” sino delante de él, capaces de generar un sentimiento de admiración tal que permita, a quienes lo apoyan, seguir sus pasos incondicionalmente, en consecución del bienestar común.
El liderazgo, por supuesto, no se construye de la noche a la mañana y tampoco se puede comprar. Es una virtud que se lleva en la sangre, en el alma y el corazón.
Un líder siente la necesidad de llevar a buen puerto sus ideales de la mano de principios esenciales como el trabajo en equipo, la tolerancia, el equilibrio emocional y  el uso de la razón.
Es decir, un buen líder no, necesariamente, debe ser un buen jefe.
Hay personas quienes, sin tener el don de mando, pueden provocar cambios extraordinarios en la vida de otras personas. Su magnífica esencia humana no necesita de la imposición de órdenes para que sus designios sean cumplidos por los demás.
El espíritu de real liderazgo permite, además, que las decisiones comunes a tomarse entre determinado grupo social sean más fáciles en su adopción, pues de antemano se conoce la calidad humana de quien propone las ideas y, sobre todo, que sus reales pretensiones son el beneficio común, no el propio ni el de algunos pocos.
Otro factor a tomar en cuenta en el ejercicio del liderazgo es la humildad de la persona. Pero no me refiero al “humilde-pobrecito” ; todo lo contrario, hago alusión a esa persona capaz de reconocer sus propios errores frente a los demás y corregirlos, poseedora de la admirable capacidad de reconocer los logros de los demás en público y reprender los errores de otros en privado. Eso es, extraordinariamente, humildad pura.
Es humilde aquel  (o aquella) que permite la diversidad de criterio, el diálogo franco y abierto y la propuesta de alternativas ante sus ideas. Procura siempre la concertación, pero en caso de entrabamiento trata de convencer a los demás de forma asertiva.
El buen líder está sujeto a confrontación, pero nunca torna personal el debate. El líder estimula a su gente sin que ellos se lo pidan. Eso es esencial.
Basta con poner en conocimiento, de los demás, lo bien hecho por una persona para que esta sienta que su aporte es importante.
El buen líder rescata lo positivo de lo negativo. Extrae enormes aprendizajes de las malas experiencias y los pone en práctica, lo que refleja un alto grado de capacidad ante los demás.
Tratemos de ser buenos líderes, en nuestros hogares, trabajos y en cualquier espacio social donde nos desenvolvamos. La vida nos lo agradecerá siempre.
   

Allan R. Moreira G.
Profesor Universitario