Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 9 Febrero, 2008

Elogios
El billar

Leopoldo Barrionuevo

Nunca aprendí a jugar al billar, ni al póquer, ni fui a ninguno de los tres hipódromos (Palermo, San Isidro y La Plata), nunca le fallé a mi viejo en la promesa temprana que me arrancó cuando aún no tenía los pantalones largos (entonces se decía que se te alargaban los días). Don Leopoldo decía que dedicarse a esas actividades traía miseria y vicio al hogar.
Amé y hasta ahora me dura, al café del barrio sin jugar siquiera a los dados, pero lo del billar lo supe cuando falleció papá Polo, mi viejo y solo entonces mamá Delia me contó la historia al mostrarme la medalla ganada por mi viejo al billar.
Mis viejos eran muy chicos cuando se conocieron en el barrio: 11 y nueve años (mamá hasta el fin de sus días se quitó un año) y tuvieron un noviazgo de toda la vida y un matrimonio que por pocos días no llegó a los 70 años. Altri tempi.
Papá era huérfano de padre desde los 13 años y paraba poco y nada en su casa y fuera de las diez horas de trabajo, además de estudiar por las noches para tenedor de libros (contador), el resto del tiempo vivía en los 36 billares, famoso café abierto en Avenida de Mayo al 1200, barrio de Monserrat en 1894 compitiendo con el café Tortoni abierto en 1858. En ambos se celebraban los torneos nacionales y de la ciudad. Entre los cientos de cafés, cantinas, bares y confiterías, transcurre la vida barrial inclusive a pesar del paso del tiempo. Siguen siendo un templo de sueños, de confesiones y de chamuyo donde se arregla el mundo en cada vuelta de cafés express.
El viejo consideraba al café una pérdida de tiempo, a los caballos de carreras un gasto innecesario y a los naipes y al póquer generadores de delincuencia. Su tiempo libre era para el fútbol y dentro del mismo para River Plate. Me inculcó todo eso menos el amor por River, ya que me dejó la libertad de ser un sufrido fana de la Academia Racing Club. Pero lo del billar se me hacía difícil digerirlo porque hacia 1922 fue subcampeón porteño de segunda categoría.
En un desgraciado instante le aceptó el desafío mi abuelo Manuel, un gallego que pensaba que lo iba a desbancar del trono que entonces ocupaba. Nadie supo decirme por qué surgió el encuentro, lo cierto es que papá dejó al abuelo zapatero (sin tantos a favor, le ganó 21 a 0).


Como el viejo desde pequeño comía en casa de la abuela Dolores toda vez que podía y cuando el abuelo Manuel no estaba, a partir del evento billarístico el abuelo le pegó una cachetada a mi vieja y le prohibió ver a mi padre y lo exilió sin piedad.
Mamá lloraba sin cesar y al cabo de un tiempo prudencial mi viejo fue a la Casa de remates Bullrich donde el abuelo era mayordomo, para ofrecerle la revancha, con el argumento de que entre caballeros se imponía un desquite, como se estilaba entre los grandes. El abuelo aceptó para la noche siguiente con el objeto de invitar a sus compañeros y jefes de la Casa Bullrich donde el abuelo trabajaba y en los 36 billares, ante un público que desbordaba el local, esta vez el que casi quedó zapatero fue mi viejo. Perdió por 21 a 4.
Retornó a la casa de los Rey y dos años después se casaba con mamá. Nunca se sabe por cuál esquina van a llegar los designios de Dios. Por eso yo le decía a mi hermana Dedée que éramos producto de una fingida derrota en una partida de billar.

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