Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 25 Enero, 2012


Hablando Claro
El alto costo de las ganancias

La Fuerza Pública da cuenta de las cifras. Los Festejos de Palmares dejaron 30% más de detenidos respecto del año anterior: 460 personas; la mayoría por tenencia de drogas y armas. La cifra no computa y por tanto no logra dimensionar el desgastante empeño policial en el sitio por las innumerables riñas en las que se da rienda suelta a la condición más primitiva del ser humano a causa de la ebriedad sin límites que cunde por el inmenso campo ferial en que se convierte todo el centro del pueblo.
La información es parte de los flashes de sucesos y no tiene ninguna relevancia en la valoración noticiosa. Parte sin novedad. Pero detrás de ella se esconde el submundo de las Fiestas de Palmares; algo de lo que nadie habla, algo que no vemos en las pantallas de televisión que nos muestran la parte colorida del encuentro lúdico más grande del país.
Para constatar lo que me habían dicho, decidí este año ir al tope, la actividad emblemática por excelencia de la jornada. Ahí hay dos mundos. El mundo de las tarimas con todos los servicios y la comodidad que le permite a uno aislarse del otro mundo; el de abajo. El de la gente que se arremolina al paso de corceles y jinetes, donde hay un tira y encoje por el espacio y por mantener un equilibrio que se torna ínfimo en la tolerancia del cuerpo a cuerpo. Claro, en ambos mundos la consigna es la ingesta alcohólica. Como me dijo una amiga “aquí me tomo en un día lo que no me tomo en todo el año”. Desde la zona de privilegio veo pasar a algunos detenidos. Todos muchachos jóvenes. Rostros ensangrentados, torsos golpeados en cuerpos tambaleantes que lleva, o más bien arrastra, la policía. Cualquiera de ellos podría ser mi hijo. Gracias a Dios que ninguno es. Tampoco quisiera ser la mamá de una de esas muchachas envueltas en los efluvios del licor, contorsionándose con amigos, sin amor y sin compromiso, solo por el placer de provocarlos. Me pregunto por qué las escenas me resultan tan chocantes. Yo también fui joven. También tuve hormonas alborotadas. No entiendo. Un amigo me llama a reflexión. Es el sexo desprovisto de afectividad lo que repugna. Como los animales. Y para no dejar espacio al pudor, una mujer ya entrada en años baja de su caballo y justo enfrente de donde me encuentro orina. Las rechiflas no son de censura, sino de algarabía.
Un espectáculo gratuito más de la fiesta. Bajo de la tarima. Camino un poco por la calle principal. Cae la tarde en Palmares y decenas de muchachos y muchachas ya no pueden soportar más. Vomitan; caen y son auxiliados por otros que no están tan pasados. Son escenas grotescas que se repiten muchas veces. En medio de los olores de los deshechos líquidos y sólidos de humanos y animales me voy. He visto suficiente. El telón de las fiestas ha caído, los organizadores se disponen a liquidar costos y sumar ganancias y se anuncian los planes para invertir los ¢300 millones de ganancias que han dejado los vacanales. ¿Quién tendrá el coraje para pedir un alto en el camino de la degradación en que han caído estas fiestas?

Vilma Ibarra