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Jueves 22 Septiembre, 2016

Ya no es posible concebir un abogado que domine a conciencia y profundidad, la diversidad de las áreas que abarca el derecho actual

El abogado del futuro, hoy

Adrián Mora

En algunos países (Estados Unidos, Inglaterra) se ha advertido un crecimiento notable de una “industria” que trata sobre el financiamiento para interponer demandas y juicios.
Inversionistas analizan cientos de potenciales demandas colectivas, casos de mala praxis o de lesiones, donde el o los ofendidos a pesar de contar con probabilidades para ganar el juicio, no cuentan con los recursos para hacerle frente al proceso judicial, por lo que reciben una suerte de “préstamo” para emplazar a la otra parte y si el caso se gana, el prestamista recibe un retorno a su inversión.
Los beneficios pueden ser sustanciosos, una compañía respaldada por Citigroup, acabó teniendo un retorno de $11 millones, después de sufragar unos $35 millones, en un proceso colectivo de trabajadores que enfermaron después de atender la zona cero en Nueva York, en los atentados del 11 de setiembre de 2001.
A partir de este escenario, han surgido soluciones tecnológicas, la más reciente llamada Legalist, que utilizando algoritmos pueden calcular y predecir las probabilidades para ganar un juicio. El algoritmo considera diversos factores: el tiempo que tardará el juicio, el volumen de trabajo del juzgado que llevará el caso, el perfil intelectual y social de los jueces involucrados y los resultados de sentencias similares anteriores.
La empresa tecnológica a partir del análisis informático, emite un criterio, si es favorable, lo remite a los inversionistas, a cambio (por supuesto) de un porcentaje interesante de las ganancias obtenidas.
Durante mis años como asesor jurídico de Gobierno Digital, pude experimentar de primera mano, lo complejo y doloroso que puede resultar el proceso de interacción de la tecnología y los abogados. No es un tema nuevo, ni tampoco insólito, el mantra que se repite una y otra vez refiere a que los abogados y la tecnología no son compatibles, no se llevan.
Si bien es cierto, hemos llegado tarde, con apatía y con recelo a esta revolución digital, es un hecho incuestionable que el resto de la sociedad no lo ha hecho. Las exigencias derivadas de procesos complejos como la globalización, la irrupción de nuevas tecnologías están determinando un entorno cada vez más cambiante y competitivo para el sector de servicios legales.
Nuestros clientes, algunos usuarios intensos de estas tecnologías, exigen un abogado especializado que conozca su materia, que cuente con las herramientas adecuadas para brindar un servicio cada vez más profesional, transparente y oportuno, y para ello la tecnología se convierte en aliado ideal.
El temor o desconfianza inicial que supone una nueva tecnología, debe transmutarse en curiosidad y empeño por entender su funcionamiento para maximizar las ventajas inherentes a su utilización.
La figura del abogado omnisciente se ha ido difuminando a partir del mismo desarrollo económico, tecnológico y social de nuestras sociedades.
A pesar del inconmensurable ego de algunos, ya no es posible concebir un abogado que domine a conciencia y profundidad, la diversidad de las áreas que abarca el derecho actual.
Más que interesante, resulta el caso de un joven de 19  años, que logró desarrollar el “primer abogado robot del mundo”. DoNotPay (No Pagues) es una aplicación que utiliza la inteligencia artificial para ayudar a usuarios que han recibido multas por estacionamiento en Londres y Nueva York.
El robot, que está disponible gratuitamente en Internet, ha tenido un éxito en apelaciones de multas por un valor de $3 millones, ganando el 64% de los casos.
Resulta lógico que este tipo de modelos tecnológicos pueden replicarse en otras áreas y otros servicios usualmente reservados para abogados de “carne y hueso”.
Una primera y aterradora conclusión, podría consistir en que miles de profesionales se podrían quedar sin trabajo en un corto o mediano plazo.
Es innegable, que algunas labores será sustituidas por estas herramientas, sin embargo al igual que en otros cursos de la historia, donde la aparición de herramientas tecnológicas previó el reemplazo absoluto del humano, por lo que se tuvo que asumir caminos que llevaran hacia una sinergia equilibrada entre máquina y el hombre, pero no en detrimento del humano.
El ejercicio de la práctica legal no se reduce a un conocimiento sistémico de las normas y sentencias o la predicción lucrativa de procesos judiciales. La creatividad, el razonamiento, la empatía y la deducción crítica constituyen elementos de una inteligencia no artificial, que aún son necesarios y valorados… pero debemos prepararnos.