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El tiempo

Leopoldo Barrionuevo [email protected] | Sábado 26 julio, 2008


Elogios
El tiempo

Leopoldo Barrionuevo

El tiempo no es una mercancía: no puede ser almacenado, comprado o reemplazado. Toda labor consume tiempo, algo sin sustituto. Lo malgastamos inevitablemente en cosas que nada aportan.
Debo suponer no solo que el tiempo es subjetivo y que marcha más allá de su medición en minutos y segundos porque siempre es distinto para mi percepción y depende de mis motivaciones, mis ansiedades y mis desvelos. Si se trata de unos minutos de felicidad, transcurre demasiado a prisa y se me escurre entre los dedos sin llegar a disfrutarlo plenamente; si mi equipo pierde por un gol y estamos en los minutos suplementarios, mi corazón late aceleradamente; si espero a un ser querido que no veo hace tiempo y está por arribar, puede llegar a desesperarme durante los minutos de espera; unas veces deseo que esos minutos se detengan y otras desearía que todo hubiera terminado.
Las más de las veces, el tiempo puede estar detenido en el espacio y me encanta contar con un tiempo que robo a otro tiempo o a otra persona, aunque en realidad se trate del tiempo de mi vida que dilapido mintiendo descaradamente a quien me espera e intentando dar una falsa explicación al molesto que siente la burla del “es que había mucha presa en la autopista” que soltamos sin convicción.
Pero si puedo malgastar mi tiempo, no me es dado hacerlo con el tiempo de los otros que merecen mayor respeto de mi parte, aunque pensándolo bien, pocas personas están satisfechas con el mal uso que hacen de su tiempo que —en todo caso— es la tela de que está hecha la vida porque el proceso es irreversible: el que pasó no regresa por más que intentemos toda clase de estratagemas para reponerlo o recuperarlo.
El tiempo solo puede administrarse en base a prioridades y estas surgen cuando las actividades se ponen en fila y a continuación se les valoriza en términos de resultados: altos, medianos y pobres. Claro está que no se pueden clasificar sin conocer los motivos, lo que nos mueve a la acción, las verdaderas necesidades, los auténticos objetivos que es preciso predefinir de acuerdo con nosotros mismos, los hay de trabajo, de placer, familiares, económicos, de relación, culturales, físicos, espirituales y afectivos por nombrar los principales, es decir de todos los ámbitos de que se compone nuestra vida y cada uno de ellos requerirá un análisis cada tanto, cuando deje de huir para mirarme por dentro.
La clave está en conocer en cada situación lo que más nos apremia y estar sujetos a que un orden se oponga momentáneamente sobre los otros porque otras cosas quedarán postergadas y es imposible cumplir con todas las obligaciones que nos imponemos y nos imponen. Sin ese orden prioritario, solo permanecen las excusas, normalmente impotables para los demás, a menos que las aceptemos, porque “no es posible contar con el cumplimiento de fulano…”
En todo caso, la vida es una permanente elección y a cada instante en temas grandes o pequeños estamos obligados a decidir o al menos a decidir no decidir, que es una forma más habitual de decidir.
Pero la forma más eficaz de perder el tiempo es participar en reuniones, una enfermedad demasiado común que se denomina “reunionitis” en las cuales participan los que deben callar y callan los que deben participar.
Ya lo decía el Viejo Peter Drucker: las reuniones son innecesarias cuando resultan muy abundantes por cuanto “o la gente trabaja o se reúne, no se puede hacer ambas cosas al mismo tiempo”. Por lo general están mal organizadas y la discusión se prolonga hasta el tedio

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