Redacción La República

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Martes 2 Septiembre, 2008

El secreto chino

Luis Valverde

Quizás la escritora australiana Rhonda Byrne no estaba tan alejada de la realidad y el verdadero secreto de la vida está en el poder de la mente para atraer lo que se quiere.
Desde tiempos remotos, el ser humano ha ocupado gran parte de su existencia en descubrir los secretos que lo rodean. Es así como la humanidad ha descubierto átomos y neutrones, planetas y galaxias, océanos y continentes…
Desde el mismo momento del nacimiento se produce el constante aprendizaje y con él la búsqueda del conocimiento, esa misma que nos lleva a preguntarnos el porqué de las cosas que nos rodean.
(Algunos preguntamos tanto, que nos convertimos en periodistas).
Pero preguntar se ha vuelto en nuestros días un pecado, un sacrilegio, una especie de blasfemia contra los gobernantes cuyas respuestas —cuando las hay— se producen con el ceño fruncido, a regañadientes y con uno que otro sermón adicional.
En su última aparición pública la semana pasada, el presidente Oscar Arias “exaltó” la mente “perversa y torcida” que a su juicio, algunos costarricenses tienen, por desconfiar del gobierno y no aceptar que el tema de las relaciones con China y la compra de bonos continuara manteniéndose en secreto.
¡Malucos malpensados que somos muchos! ¡Ni que existiera algún plan oculto en la negociación, fraguado por algunos pocos y firmado con el nombre de todos los costarricenses!
El problema radica en que no es costumbre sana, ni mucho menos lógica, ocultar sin razón aparente para hacerlo.
El secreto —dice Byrne en su best seller— era conocido solo por las grandes mentes de la historia. Platón, Galileo, Einstein…
En Costa Rica el dueño del secreto más famoso de los últimos meses (el secreto chino se le podría llamar) es el presidente Arias.
Pero son sin duda secretos diferentes: el de Byrne y las grandes mentes de la humanidad está plasmado en un libro, a la mano de cualquier persona. El de Arias no.
Pero tal vez tengan algo parecido.
El secreto de Byrne se basa en la que llama “La Ley de la Atracción”. El poder de la mente es tan grande que puede, con deseos bien dirigidos, atraer lo que quiere, sea bueno o sea malo.
El poder de la mente presidencial puede —sin querer— estar atrayendo malos sentimientos, esas mentes cochambrosas y desconfiadas que mira por doquier.
Ante eso sería mejor que no piense tan mal de la gente. No imagino a la estirpe más pequeña de la familia presidencial escuchando una nueva versión de la canción de cuna: “Duérmete niño, duérmete ya, que viene el periodista y te preguntará…”.