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El costo de la imprevisión


Analistas de Goldman Sachs estiman que el precio del barril de crudo podría llegar a costar hasta $200 en los mercados internacionales para 2009.
Y al ritmo al que crece la cotización del petróleo en Nueva York, desde donde llegan prácticamente a diario noticias de un nuevo récord de precios, parece no ser una estimación descabellada.
La demanda de China e India cada vez más devoradora, los conflictos armados en países petroleros como Irak y Nigeria, la ausencia de inversión en nuevas refinerías, y cierto nivel de especulación impulsan al crudo en una espiral alcista que parece casi inexorable.
El viernes anterior el barril de crudo de Texas se encareció más de $2 y finalizó la sesión a un precio récord de $126,29 en Nueva York, coincidiendo con un debilitamiento del dólar y una mayor inquietud por la relación entre oferta y la demanda en el mundo.
El golpe a la economía de Costa Rica es grande al ser importador neto de petróleo para la satisfacción de las necesidades de consumidores y del sector productivo.
El ciudadano entiende que esta escalada de precios en los mercados internacionales terminará por golpear su bolsillo en forma de aumentos en las tarifas de buses, taxis, precio de la gasolina y prácticamente de todos los bienes que consume.
Los miembros del sector productivo, calculadora en mano, buscan la forma de paliar semejante incremento en sus costos de producción sin tener que despedir parte de su personal para retener la rentabilidad de sus negocios.
Las formas en que los gobiernos de las últimas décadas pudieron haber atenuado el golpe que hoy viven los costarricenses son claras: inversión en la producción de energía de fuentes renovables y mejora de la red vial.
El infierno vial que con frecuencia amarga los días de los conductores, no solo es un golpe al ambiente y al ánimo, sino que resulta costoso. Y mientras la situación se agrava conforme crece la flotilla vehicular del país, las soluciones duermen el sueño de los justos en el limbo burocrático.
Igual suerte han padecido los planes de nuevas plantas de generación hidroeléctrica. Por un motivo u otro se han frustrado y el país —que se mercadea como ecológico en el exterior— depende cada vez más de la quema de hidrocarburos para satisfacer la demanda de electricidad.
En momentos en que incluso Estados Unidos, la mayor potencia económica del mundo, ha declarado asunto de interés nacional la reducción de la dependencia en los hidrocarburos, es más evidente que nunca la necesidad de investigar nuevas opciones e inculcar en el consumidor la obligación de un consumo moderado.
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