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COLUMNISTAS


Dialéctica

Economía y crematística

Juan Manuel Villasuso [email protected] | Martes 23 junio, 2009


En la “Etica a Nicómaco” y en la introducción a la “Política”, Aristóteles estableció una diferencia esencial entre dos conceptos relacionados pero de naturaleza muy diferente: economía y crematística.

Tan importante se considera esa diferenciación que se ha afirmado (Francisco Gómez Camacho: “Economía y Filosofía moral”, Editorial Síntesis 1998) que “la historia del pensamiento económico es la historia de los distintos modos como se ha interpretado la distinción aristotélica entre economía y crematística”.

Según Aristóteles, la economía es una actividad natural orientada a la satisfacción de las necesidades materiales de las personas. Se asocia a la administración del hogar y al arte de vivir en forma virtuosa, y por lo tanto preocupada por determinar las formas de proveerse de los valores de uso necesarios para una buena vida.

Aristóteles veía la economía volcada en la búsqueda de un equilibrio, en la “justa proporción”, y como tal, confinada a determinados límites éticos y estéticos de lo que configura el bienvivir.

En la crematística, por su parte, distinguía dos tipos de actividades distintas: una que servía de complemento a la economía en la medida en que permitía adquirir mediante el comercio los bienes y servicios no producidos por la familia o por la ciudad (nación), y otra, considerada moralmente inferior y antinatural, que buscaba obtener un beneficio pecuniario; el arte de ganar dinero, de acumular riquezas.

La actividad crematística con propósito de lucro, a diferencia de la actividad económica, era percibida como ilimitada. No era juzgada como tarea creativa sino como una transferencia del valor añadido bruto generado por la actividad económica.

Aristóteles estaba convencido de que la acumulación de dinero, como un fin en sí mismo, era una actividad contra natura que deshumanizaba. Es por ello que siguiendo el ejemplo de Platón condenaba toda actividad cuyo único propósito fuese exclusivamente la ganancia.

La crematística, en su segunda acepción, confunde el medio (dinero) con el fin, y lo busca de manera desmedida. La causa es lo que habitualmente denominamos codicia, que era considerada por los griegos como una enfermedad del alma.

La crematística puede entenderse como sinónimo de lo que Virgilio llamó en la “Eneida” auris sacra fames (maldita sed de oro). Ese deseo incontenible por acumular dinero que Keynes calificó como “morbosidad repugnante, una de esas propensiones semidelictivas, semipatológicas, que se ponen, encogiendo los hombros, en manos de los especialistas en enfermedades mentales”.

No cabe duda de que los conceptos aristotélicos han cambiado de manera radical y que la economía, a pesar de haberse forjado en la fragua de la filosofía moral, como señaló Kenneth Boulding al asumir la presidencia de la Asociación de Economistas de Estados Unidos en 1968, ha abandonado en la actualidad muchos de los principios que orientaban el “bienvivir” de los filósofos clásicos.

Es por eso que resulta indispensable, en estos tiempos de crisis, especulación globalizada y codicia incontenida, recordar con la mayor frecuencia posible las palabras del Premio Nobel de Economía Amartya Sen. Deberían ser norte que nos orienten hacia una vida mejor.

“No hay ninguna justificación para disociar el estudio de la economía del de la ética y del de la filosofía. La economía puede hacerse más productiva prestando una atención mayor y más explícita a las condiciones éticas que conforman el comportamiento y el juicio humano”.