Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 15 Abril, 2010



Ha sido aprobada esa especie de vergüenza social que sonroja a muchos, menos a los asambleístas cuyos nombres serán recordados en cada funeral de una víctima más del alcohol en las carreteras

VERICUETOS
Dos de cal…

Ya cerca del final de esta legislatura, la última para ellos, los señores y señoras diputados le ponen la cereza al pastel de una gestión con mucha más pena que gloria, aprobando las reformas a la Ley de Tránsito. Esas mismas reformas que el pueblo ha rechazado manifiestamente.
Según me informan, es muy probable que para cuando salga esta columna publicada, hoy jueves, haya sido aprobada esa especie de vergüenza social que sonroja a muchos, menos a los asambleístas cuyos nombres serán recordados en cada funeral de una víctima más del alcohol en las carreteras y, muy probablemente también, en los balances de situación de los grandes intereses que hoy se alegran de la blandenguería de una Asamblea tristemente célebre.
Si alguna vez pensamos que algunos de ellos, como la diputada Morales, eran capaces de grandes cosas, de enfrentar a los grandes intereses para legislar por los ciudadanos, tenemos ahora lamentablemente que desdecirnos, que reconocer que nos equivocamos. No nos dejan nada positivo por qué recordarles, salvo quizás porque fueron capaces de cavar su propia tumba política, porque desoyeron de tal manera al pueblo que el pueblo, que no es tonto, ni ciego, ni sordo, los tendrá muy presentes como quienes no merecerán un solo voto más. Nunca más.
Que los familiares de quienes estén por morir en las carreteras no olviden nunca a esta Asamblea Legislativa, que la recuerden siempre, como el grupo de politiquillos timoratos que traicionaron a su gente, ¿quién sabe por qué?
Vamos a tener siempre presentes los nombres de quienes dijeron no al pueblo y, por supuesto, de quienes tendrán o habrán tenido ya hoy la entereza de votar en contra de las reformas.
Propongo un brindis a la salud de nuestros señores y señoras diputados.
Mas blandenguería. Ahora resulta que tenemos un Estado dentro del Estado, una especie de ciudad vaticana, donde la autonomía que les concede la Constitución, que es de gobierno y administración pero que no es estatuto de extraterritorialidad, inhibe las competencias públicas dentro de los límites de su geografía. Ahora resulta que la policía de este país, tan abandonado a la mano de Dios, no puede entrar a los terrenos “PUBLICOS” de la Universidad de Costa Rica, porque sus autoridades lo prohíben.
El absurdo llevado a su máxima y más triste expresión. El manejo politiquero de temas superados adoptado y bendecido por quienes dirigen y orientan ese centro de estudios y muy tristemente abanderado por la señora Jefe de los Defensores Públicos, cuyo cargo le impone la mayor prudencia y por supuesto total imparcialidad, que perdió por completo el guion y lanzó esa diatriba en contra de los oficiales del OIJ, que será pieza de estudio en la Escuela Judicial sobre cómo un funcionario de ese Poder no debe perder de vista los valores que representa ni la importancia de la discreción en el ejercicio de sus funciones.
Los terrenos de la Universidad de Costa Rica son públicos y están sometidos a la Constitución y las leyes, como cualquier otro espacio del territorio nacional, sin excepción, y los cuerpos de seguridad e investigaciones del Estado tienen plenas facultades para ingresar cuando haya delitos comunes que perseguir.

Tomás Nassar