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Martes 17 Junio, 2014

La vida me dio la fortuna no solo de acceder a algunos de sus libros, y a muchas de sus columnas, sino a tenerlo ahí, bastante cerca, en lo que ahora llaman "one degree of separation"


Don Beto Cañas

A través de Don Beto Cañas llegué a veces a comprender y, muchas otras a conocer y entender, no solo muchos rasgos identificadores de Costa Rica y su sociedad sino también de mi propia familia.
La vida me dio la fortuna no solo de poder acceder a algunos de sus libros, y a muchas de sus columnas, sino a tenerlo ahí, bastante cerca, en lo que ahora llaman "one degree of separation."
Siempre me sentí de alguna forma cercano a él. Tanto cuando me ponía a rabiar por sus desproporcionados ataques al Dr. Calderón Guardia, sin consideración mucha a la reforma social; como cuando recordaba la necesaria congruencia en todos los quehaceres de la vida. Tanto cuando me incomodaba su ensalzar del figuerismo, como cuando nos recordaba el uso del "usted" y del "vos", nunca del "tú", en el lenguaje de los costarricenses.
Fue cercano a mí "Una casa en el Barrio del Carmen", porque viví en equivalentes casas y con equivalentes personajes en el vetusto Barrio de Amón, que ya por los años setentas era el equivalente del Barrio del Carmen en San José.
"Los molinos de Dios" me fueron cercanos por su alusión a "algunas familias de Liberia". Me fue cercano don Beto porque en el bufete Facio y Cañas, donde había dejado de forma indeleble su impronta, pasé una docena de años. Porque, en sus columnas, distinguió al Maestro Muñoz, un tío abuelo nuestro llamado Alberto, conocido como "el Macho", personaje díscolo y dipsómano pero entrañable, que vive en la tradición oral liberiana, a quien atribuía para gloria de la Patria haberlo rescatado a él y a una pandilla de párvulos del Edificio Metálico por medio de la lectura y de la literatura.
Escribió don Beto que veneraba la memoria del Macho.
Cercano a don Beto porque distinguió a mi padre con su cariño y afecto. Escribió de él que había sido uno de los mejores diez diputados que él hubiera conocido y que, su trabajo como ganadero dedicado al cebú lechero, es ejemplar.
A uno de sus ujieres le dijo: "-Llévele esta iniciativa a Joaquín; a ver si le da la gana …" Con admiración escribió sobre mamá, a quien llamó exquisita. Y, verbalmente, nos dedicó por separado algunos encomios y valoraciones a mi hermano Pedro y a mí; los que, por inmerecidos, no fueron menos agradecidos.
Ahora siento, muy cercanamente, las líneas que él le dedicó a su esposa, doña Alda, en una columna con ocasión de su deceso.
No recuerdo las palabras exactamente. Pero eran como que se comprendían sin necesidad de hablarse y, ahora, él se quedaba como vacío.

José Antonio Muñoz

Socio Fundador/Founding Partner
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