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Dime cómo hablas y te diré...

Las palabras les imprimen dirección y valor a las relaciones y, consecuentemente, al desempeño de un equipo. Con ellas podemos construir o destruir. ¿Qué impacto tiene el don de la palabra en su organización?
Comparemos dos equipos. En el primero, las palabras que más se escuchan siembran semillas de desconfianza, mentira, rivalidad y celo. Cada cual se cuida de lo que dicen los otros porque el chisme, su forma común de relacionarse, se ha convertido en un contaminante de la credibilidad mutua. En este caso, estamos frente a un grupo sin bases sólidas, ni relaciones duraderas o ciertas; es apenas un conglomerado de individuos de doble discurso, condenado al fracaso porque no se puede construir algo grande y fuerte sobre arenas movedizas. Paradójicamente, en situaciones competitivas, a veces no se entiende que el rival está afuera, y se insiste en buscarlo adentro.
En el segundo equipo, en cambio, hay total conciencia del poder de las palabras y sus miembros son responsables al usarlas. Reconocen que no se trata de comunicarse con lenguajes suaves, sino mirándose a los ojos con la verdad en sus palabras. Se expresan comprensión, compromiso y confianza, pero también son exigentes en la consistencia entre lo que se dice y lo que se hace. El respeto que han pactado destierra toda forma de comunicación que no sea leal, como la mentira y la manipulación. Sus firmas y sus palabras valen porque con ellas evidencian su calidad como personas; sus actos siguen a sus creencias y así crean una sólida integridad sobre la cual edifican sus aspiraciones.
Según el escritor Miguel Ruiz, el problema es que usamos con mayor frecuencia las palabras para maldecir o destruir: “Con el uso erróneo de las palabras, nos perjudicamos unos a los otros y nos mantenemos mutuamente en un estado de miedo y duda. Dado que las palabras son la magia que poseemos los seres humanos y su uso equivocado es magia negra, utilizamos esta constantemente sin tener la menor idea de ello…”.
Ninguna relación humana es estable, cada vez que hablamos hacemos que vaya en ascenso o descenso. Con las palabras abrimos o cerramos voluntades, animamos o decepcionamos; entonces por qué no ser más cuidadosos y desarrollar equipos del segundo tipo, en los que sus miembros integran sus palabras con los hechos, construyendo relaciones confiables, sólidas y verdaderas, con las cuales siempre están más cerca del éxito.

German Retana
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