Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 28 Marzo, 2012


Hablando Claro
Deudas impositivas

Si hay algo que salta a flor de piel en esta compleja hora democrática, es la forma en que se expresa el malestar ciudadano. Parapetados en un nickname, pero también sin necesidad alguna de hacerlo, cualquiera es capaz de espetar con absoluto desparpajo su disgusto contra el establecimiento. Lo ha puesto en evidencia una vez más el escándalo de la semana. La investigación periodística de los colegas Geanina Segnini y Ernesto Rivera de La Nación, encontró veta en un problema de larga data: las municipalidades son incapaces de establecer mecanismos de valuación actualizada de los bienes inmuebles y por tanto, las sumas irrisorias que se pagan por el impuesto correspondiente resultan congruentes con el monto absurdo en que están tasadas. Incoherente claro, para el pago de los tributos. No para el libre juego de las transacciones mercantiles de esas propiedades.
La noticia está en proceso y aunque exista compulsión por hacer parte de la masacre colectiva, los insultos ácidos, el lenguaje impropio, grosero y hasta soez, la paciencia es buena consejera. No siempre es bueno alimentar el hambre con las ganas de comer. A los comunicadores nos toca digerir cuando se nos atraviesa entre pecho y espalda un tema y sabemos (por deformación profesional) que es tan fácil quemar políticos en hogueras mediáticas. Pero cuando nos dicen los técnicos que en este país bendito ocho de cada diez propiedades están valoradas por un monto inferior a ¢16 millones y ello implica que ocho de cada diez propiedades están tasadas por debajo de su valor real, llegamos a la supina conclusión de que casi todos los que tenemos una propiedad estamos pagando menos de lo que debemos. El asunto es que finalmente si son venteados ministros, diputados y magistrados y no nos aplicamos todos el mismo rasero (hablo de empresarios, periodistas, sindicalistas, curas, profesionales liberales, y un largo etc.) terminamos deslegitimando el servicio público y por supuesto la política y lo político; como resultado de lo cual tendremos más desafección al sistema. Lo que vemos luego reflejado en ese abstencionismo electoral que clama al cielo su inconformidad.
Mi reflexión no es una exoneración de cargos. En absoluto. Solo apunta al hecho de que hay muchas maneras de ver un mismo asunto. Y lo cierto es que pagar el menor impuesto posible por las propiedades ha sido una obsesión de la permisiva democracia institucional que hemos cimentado. En ese estado de evasión perenne, son pocos los que voluntariamente se presentan ante su gobierno local con el valor real de su propiedad para qué le sea establecido su tributo. ¿O me equivoco?
Otra cosa muy distinta, es la manera torpe, impropia y hasta irritante en que los políticos aludidos se disculpan sin disculparse, haciendo gala como siempre de su desdén no solo por la básica congruencia sino también por la gestión adecuada de su interrelación con la ciudadanía. Una ciudadanía desafiante y demandante que se siente burlada con las respuestas que recibe. Pero ese es otro cantar.

Vilma Ibarra