Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 29 Noviembre, 2010


Después de Grecia, Irlanda


En mayo empezaron las protestas populares en Grecia contra las medidas de austeridad impuestas por la Unión Europea (UE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Aún no terminan.
Para evitar que los bancos colapsaran y negociar su inmensa deuda, el gobierno griego se comprometió a bajar los salarios de los empleados públicos (en campos tan fundamentales como la educación, la salud y la justicia), a aumentar el impuesto sobre las ventas en un 25%, a gravar considerablemente el tabaco y el alcohol y a aumentar la edad de la jubilación.
El primer ministro Yorgos Papandreu ha tenido que enfrentar la dura prueba de quedar bien con los poderosos —aceptando la mayoría de sus exigencias— y convencer a sus conciudadanos. No ha salido muy bien librado.
Los más afectados por el plan de austeridad han sido los trabajadores y la clase media griega, que se niegan a aceptar la pérdida de soberanía económica de su país. Para nosotros los latinoamericanos la historia es harto conocida: todos sufrimos las medidas draconianas impuestas por el FMI en la década de los 80.
Pertenecer o no pertenecer a la UE, ese fue el dilema por más de una década para muchos países europeos. Ser parte de la Comunidad tiene sus ventajas... y sus desventajas.
A pocos meses de la crisis griega vemos caer un nuevo país en la zozobra de las deudas: los mismos organismos que obligaron a Grecia a cortar sus gastos, han establecido un plan de rescate para Irlanda.
Miembro de la Comunidad Económica Europea desde 1973, Irlanda adoptó el euro como su moneda en 1998. Si a mediados del siglo 19 la Gran Hambruna Irlandesa mató a 1 millón de personas, en los inicios del siglo 21, los irlandeses se volvieron ricos. Nuevos ricos. Y así se comportaron.
Durante algunos años olvidaron un pasado de pobreza y se zambulleron en el consumo desaforado. Aprovechando el poder del euro sobre la libra esterlina viajaban con frecuencia a Irlanda del Norte a comprar todo: automóviles ostentosos, ropa de marca, caballos de carrera, yates de lujo, lo último en tecnología.
Derrocharon, gastaron, se endeudaron. Creían que el crecimiento económico logrado gracias a grandes inversiones europeas en la industria farmacéutica e informática no se detendría jamás. Que el desborde de la riqueza sería eterno.
A diferencia de Grecia, donde los pobres fueron los más afectados, en Irlanda los ricos verán caer su nivel de vida de forma estrepitosa. Perderán carros, escuelas privadas, universidades, casas de lujo. Deberán pagar impuestos (el 40% de sus habitantes no lo hace) y por primera vez tendrán medidores de agua.
Las deudas adquiridas en los bancos que lejos del control del Estado prestaban dinero sin estudiar la solvencia de los solicitantes no las terminarán de pagar ni los tataranietos de los deudores, afirma el novelista irlandés John Banville, que identifica al FMI, la Comisión Europea, Bruselas y a Angela Merkel como los cuatro jinetes de este Apocalipsis.
Los ciudadanos y los políticos opositores al gobierno de coalición irlandés exigen la renuncia de sus dirigentes a quienes acusan de rendirse ante las presiones de los organismos económicos. ¿Resistirá el primer ministro Brian Cowen como hasta ahora lo ha logrado Papandreu?
Si Grecia fue la primera ficha del dominó que cayó e Irlanda la segunda, ya se habla de que el próximo país que deberá ajustarse económicamente será Portugal. Pero el país lusitano no preocupa tanto a la UE como tener que salvar la economía española, mucho más grande y compleja que las anteriores, y que al parecer sería la cuarta ficha del complejo dominó europeo.

Claudia Barrionuevo
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