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Costa Rica tiene mucho por aprender del “cambio de piel” que transformó a Medellín
Del miedo a la esperanza


Sergio Fajardo Valderrama no es el típico “zoon politikon” que abunda en nuestros tiempos. Con cabello suelto, blue jeans y mangas arrolladas, este doctor en matemáticas de la Universidad de Wisconsin, demostró que la política se hace en la calle, y que sí puede ser esa ansiada herramienta social para transformar positivamente millones de vidas.
Su historia no solo es digna de ser contada, sino también emulada. Los impresionantes resultados de su plan “Del miedo a la esperanza” podrían significar para Costa Rica, soluciones concretas para las más de 400 mil personas que viven hoy en precarias condiciones.
Harto de la política tradicional, de muchas palabras y pocos frutos, de una función pública dispuesta a servirse a sí misma, Fajardo se enfrenta con la cruda realidad y logra una de las más extraordinarias innovaciones sociales.
Decide buscar la alcaldía y es finalmente elegido en 2003. En tan solo cuatro años, logra apaciguar los barrios más pobres y sangrientos de su natal Medellín, Colombia.
La idea de Fajardo fue descabellada pero a la vez sencilla y brillante: decidió construir la mejor infraestructura de la ciudad en el puro centro de las comunas más conflictivas.
El objetivo fue enfrentar la desigualdad y la deuda histórica con este grupo de la población, con el fin de reivindicar la política frente a décadas de invisibilización.
La educación jugó un papel crucial como motor del cambio, pero no desde la trillada postura del conformismo estatal, gastar por gastar, sino desde una dimensión inquieta, de activa participación público-privada, buscando en el conocimiento una base para construir un nuevo pacto social.
El problema de Medellín, al igual que lo ha vivido Costa Rica, es que el sistema educativo que tiempos atrás servía como factor de integración entre niños ricos y pobres, se convirtió en factor de división y discriminación, al crearse las grandes diferencias entre la educación pública y privada, en especial en infraestructura y calidad.
Por esta razón, el cambio de piel de Medellín empezó con la idea de que “el primer paso para la calidad de la educación es la dignidad del espacio”. Se suscitó una renovación y construcción inmediatas de edificios para niños y jóvenes marginados.
“Las personas más humildes van a los lugares más hermosos” y con esta idea arranca la restitución de la dignidad, según Fajardo.
En tan solo cuatro años, construyó diez colegios, hizo más de 45 remodelaciones de centros educativos, y amplió de 8 mil a 23 mil cupos universitarios.
Asimismo, edificó cinco Parques Biblioteca, con salas de conferencia, guarderías, centro de computación y por supuesto préstamo de libros.
El programa “Medellín más educada” logró aumentar de cuatro guarderías infantiles a 64 para 2007 incluida una denominada “Supermegaludoteca” que hoy atiende a más de 1.200 niños.
Además de la cantidad de obras, lo que más llama la atención es que la filosofía de dignificación de Fajardo contempló la contratación de renombrados arquitectos, para que estos edificios educativos fueran piezas destacadas de diseño, puntos de aspiración hacia valores superiores en medio del ambiente de pobreza y desmoralización.
Las formas excéntricas de estas obras se convirtieron inmediatamente en recordatorios de que la educación sería un “objeto de culto” para la sociedad. De esta manera se acometió a través de una “re-culturización”, mediante el arte, una lucha frontal y psicológica contra las raíces de la violencia.
Inmediatamente esa labor se acompañó con trabajo social y psicológico a lo interno de las comunidades, principalmente para enfrentar toda manifestación de violencia enraizada en los espacios de convivencia.
Esto incluyó, desde murales en las comunas con mensajes contra la agresión, hasta el apoyo a embarazadas, específicamente hacia el rechazo del feto, origen de una parte importante de la posterior violencia colectiva.
Todo el trabajo de “intervenciones urbanas” estuvo centrado en reafirmar un solo mensaje, “no a la violencia”.
El resultado fue que los índices de homicidios por cada 100 mil habitantes pasaron de 184 a 26 en cinco años. A principios de los noventa, esa tasa rondaba los 381.
La evolución que propició Fajardo no inició de forma espontánea, sino que fue sistemáticamente orquestada.
Entre los primeros actos que conmovieron a los barrios marginales estuvo la construcción de un sistema de transporte público de primer mundo.
El Metrocable, funicular traído de Francia, se convirtió en un lujoso y a la vez eficiente medio de tránsito para los habitantes de las lomas de Medellín.
Hoy aún, tras la salida de Fajardo su obra sigue viva, lo que ha permitido convertir a Medellín en una ciudad más educada y segura.
Las obras de este inquieto personaje, no pararon aquí, para hacer justicia a su gestión, se debe agregar el desarrollo del Parque de la Ciencia y Tecnología, Explora, así como la remodelación del Jardín Botánico, junto al edificio científico y la nueva plazoleta de este sitio.
La creación de ocho centros de desarrollo empresarial y diez salones de Internet para las comunidades marginadas.
Luis Alberto Muñoz
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