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Jueves, 22 de octubre de 2020



FORO DE LECTORES


Dejar de ser forasteros

Eleonora Badilla [email protected] | Martes 14 abril, 2020

Eleonora Badilla

Los hermanos Odum (Eugene, biólogo, padre del concepto de ecosistema ecológico y Howard, ecólogo) han ayudado a romper los límites disciplinares de la Ecología. Para ellos, ya no se trata de una rama de la biología, sino más bien de un área común donde se encuentran las ciencias biológicas, físicas y sociales.

Por eso, cuando en educación hablamos de Ecoformación no estamos hablando de conceptos aislados, ni de una disciplina, ni de una materia idividual. Aunque sí nos referimos a la relación que se da entre los seres vivos y su ambiente, como tradicionalmete se define la ecología, ahora nos fijamos con mucho cuidado en la relaciones. Y sobre todo, ponemos atención a la interdependencia entre esas relaciones. Porque ya no se trata solamente entender cómo son las relaciones, sino de comprender y de anticipar cómo se modifican o se alteran los seres vivos y su entorno, si cambian o se afectan esas relaciones. Vale la pena insistir en que no solamente se trata de los seres vivos en su entorno natural, sino también en su entorno social y cultural.

Es en ese sentido que el reconocido ambientalista David W. Orr, dice que toda educación es ambiental. Para este autor, las personas interiorizamos muy claramente lo que se incluye, lo que se enfatiza y lo que se ignora, tanto en el plano biológico como social. La exclusión apunta a que las personas pierdan la capacidad de cuidar el mundo del que no se sienten parte. Señala que la educación tradicional ha priorizado lo que es humano, sin tener el cuidado de hacer conciencia sobre las relaciones de interdependencia que las personas tenemos con la naturaleza. Como consecuencia, las personas nos sentimos en un vacío espacial, ambiental, ecosistémico y en en ese contexo el cuidado del lugar que se ocupa no es una prioridad; ni siquiera es de interés.

Precisamente una de las ideas más poderosas que nos hereda Orr, es precisamente la del lugar que se ocupa. Para él, el estudio del lugar debería ser un concepto fundamental para la educación. Y más allá, hace una diferencia entre residir y habitar. Quien reside, dice, es un ocupante temporal y desarraigado a quien sólo le interesa dónde están los servicios que le benefician. Es un forastero. El habitante, por su parte, no puede ser separado de su hábitat particular sin ocasionar daño a ambos. El habitante y su lugar se dan forma mutuamente.

De esta forma, la educación tradicional nos ha formado para ser forasteros en el planeta. Básicamente, nos interesa tener acceso a los servicios que nos benefician, lo cual es necesario, pero también un arma de doble filo. Al no favorecer el desarrollo de una conciencia para converirnos en habitantes planetarios, no sentimos la responsabilidad de cultivar las mejores condiciones para la vida, más allá de la humana. Pero allí es donde el tiro sale por la culata, porque un ambiente deteriorado, incide negativamente sobre el bienestar humano.

Este círculo vicioso que emana de una falta de conciencia planetaria, nos ha llevado a la crisis ambiental que enfrentamos, cuya evidencia más dramática es la pandemia mundial, causada por un agente biológico, que socialmente nos tiene distanciados, y tendrá graves consecuencias económicas.

Estamos vivenciando de una manera muy comprensible, el señalamiento de los hermanos Odum: la Ecología no es una materia o una disciplina, sino un sistema interdisciplinario. Y corroboramos también las palabras de David Orr: toda educación debe ser ambiental.

El enfoque Ecoformativo que hace algunas décadas se viene adoptando por algunas instituciones educativas, apunta en ese sentido, y es urgente que en ese momento se generalice por el bien de la vida en el planeta y de la supervivencia de nuestra especie.

El objetivo de la educación debe ser que dejemos de ser forasteros en nuestro mundo y asumamos una conciencia que nos convierta en habitantes planetarios.






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