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Lunes 8 Marzo, 2010

De trenes y accidentes

Como bien lo sabemos desde hace muchos años, el transporte público metropolitano está colapsado. Más de un millón de personas se movilizan diariamente utilizando un sistema deficiente y de mala calidad; un transporte lento y oneroso que además congestiona nuestras vías públicas y contamina el ambiente.
El deterioro es tal que hasta el poner en servicio los trenes de carga a mover pasajeros se convierte en novedad y nos hace creer que con ello estamos resolviendo al menos una parte del problema. En medio del caos, todo ayuda y la verdad es que con ese “novedoso” servicio algunos usuarios sienten alivio, aunque si acaso signifique beneficio para tan solo un 3% o menos de quienes se movilizan diariamente.


Pero aun así, los trenes que cruzan el centro urbano de algunas ciudades y barrios del Area Metropolitana pueden llegar a causar accidentes fatales si no se toman medidas para prevenirlos. Es importante que las autoridades rectoras del transporte pongan atención a esta amenaza y adopten medidas correctivas y preventivas antes de que se tenga que lamentar una tragedia.
Ya son varias las colisiones, inclusive con autobuses, que por fortuna, por milésimas de fracción de segundo, no han causado una calamidad. Hemos tenido suerte.
Hechos recientes demuestran que en ocasiones no es suficiente sentar responsabilidades en los usuarios por su falta de atención a las advertencias de una simple, insuficiente o inadecuada señal de tránsito. El tipo de señalización para regular los cruces de vía debe estar en proporción con los flujos de tránsito, la visibilidad y el peligro potencial que reviste el sitio que se necesita regular. Por eso, las envejecidas señales de alto que advierten el cruce con una vía férrea y el sonido de un pito del tren, cuando este hace uso de un derecho de paso irrestringido, puede que no sea suficiente como mecanismo único para administrar el sistema con un grado aceptable de seguridad. La convivencia de un sistema ferroviario con el automotor, en cualquier lugar del mundo, conlleva previamente, el diseño de mecanismos que ordenen su interrelación.
La realidad es que actualmente ambos sistemas comparten un derecho de vía que quizás fue adecuado para hace 50 años, pero que, como evidenciamos quienes lo utilizamos hoy en día, no lo es para los volúmenes vehiculares que saturan nuestras estrechas calles y carreteras.
Para ordenar los flujos de tránsito vehicular automotor y para prevenir accidentes, en muchas intersecciones y cruces de vía se utilizan semáforos y otros dispositivos y entonces, resulta cuestionable que no se haga algo similar para ordenar el nuevo sistema ferroviario que se ha puesto en funcionamiento.
Como no nos hemos atrevido a concretar la sectorización del transporte público, diseñada desde hace más de una década y que debería ser una acción prioritaria y urgente, como seguimos viendo impasibles el crecimiento de la población y no atendemos su necesidad de movilización, como seguimos encontrando pequeñas soluciones que sirven para disimular la negligencia por no poner a funcionar un plan integral, se puede entender la alegría que causa el hecho de que alguien tenga la osadía de poner a funcionar el tren, pues nos ayuda a soñar e ilusionarnos con que la verdadera solución está por venir.
Con el debido respeto, externo esta opinión con el deseo de que se tomen medidas correctivas a corto plazo, que se disponga de semáforos, de mejores señalamientos y hasta de agujas (aunque sean manuales) en puntos críticos. Estas acciones deben estar al alcance de las instituciones encargadas si coordinan entre sí y se unen para ponerlas en funcionamiento.