Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 22 Agosto, 2011


De los orígenes de la religión y el teatro


Apenas una pequeña chispa de inteligencia brillaba en su cerebro. Suficiente para comprender que dentro de su cuerpo vivía una fuerza única, intangible y dominante. No tenía aún la capacidad de elaborar un pensamiento abstracto que le permitiera calificar ese poderío, ese impulso al que obedecía su cuerpo. Más adelante la filosofía original, es decir la religión, y la invención del lenguaje lo llamarían el alma.
Pero en los orígenes, el hombre primitivo solo podía entender el “alma” como el poder fundamental dentro de todos los seres vivos. Y si todos tenían esta fuerza que dominaba el cuerpo, dominar esa influencia significaba subyugar el organismo. Así debía ser: si se pintaba la imagen de un bisonte, el espíritu de ese bisonte se reconocería en el dibujo y el hombre podría dominar al animal. De ahí los orígenes de las artes plásticas.
Enseguida, y queriendo tener aún más poder sobre los seres vivos, el hombre decide probar una forma más efectiva: la representación. Ya no la imagen inmóvil sino la experiencia viva: vestirse con las pieles del animal, repetir sus movimientos, sus gestos, sus sonidos. Y así se inicia el teatro.
Esa concepción animista del mundo que nos rodea, pronto se transforma en diferentes religiones y en todas ellas el “alma” tiene un rol protagónico. El paso del tiempo desarrollará la creencia de que, si los cuerpos de tantos seres han desaparecido con la inevitable muerte, los espíritus de todos aún siguen dando vueltas y, por lo tanto, hay que darles muestras de respeto, aplacar sus iras, alimentarlos con sacrificios. Gracias al invento de la palabra, los sonidos de los animales se transformarán en cantos que, junto a la música, darán sustento a la danza. Así, muy temprano en la historia de la humanidad, nacen todas las artes. Antes que la rueda o las leyes, pero paralelas a la religión.
Cuando las sociedades empiezan a organizarse (a crear justamente sus leyes) y a nombrar o aceptar un jefe, también inventan un regente o varios que controlen esa sociedad paralela que integran los muertos, los espíritus que conviven con los seres vivientes. Y así se crean los dioses, con nombres e historias que los sacerdotes repiten. Esos sacerdotes son sus representantes en la tierra. Sus voceros. Los que trasmiten (o deciden) las órdenes que los seres superiores del universo dictan a los simples mortales. En sus ceremonias y elaborando los relatos de los dioses, los sacerdotes se convierten en los primeros actores de la historia.
Por razones profesionales, he estado revisando mis notas y libros sobre los orígenes del teatro. He regresado a la fascinación de la teoría y la historia.
Comparto con ustedes un pedazo ínfimo de los inicios de las artes (entre ellas la de la representación teatral), tal vez solo para que piensen sobre el teatro que en sus inicios buscó encarnar a otros seres vivos para desarmarlos de sus fuerzas. O quizás para que piensen cómo las creencias religiosas nos amarran a imágenes y órdenes concebidas por los hombres para desarmarnos de nuestras propias ideas.

Claudia Barrionuevo
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