Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 29 Octubre, 2009


De cal y de arena
De culpas y gorronerías

Le costó comprender los acontecimientos. Por eso entró en un torbellino desgastador que al final la arrastró a lo que inevitablemente tenía que hacer desde un principio: renunciar. Doña Karla no causó el colapso de la red vial costarricense. Ella no causó la tragedia del Tárcoles. Pero sí debe responder por la negligencia de su Ministerio ante las advertencias hechas por el inminente peligro de desplome del puente en la ruta San Mateo-Orotina. Se pidió a gritos su renuncia no por lo que ha hecho o dejado de hacer con la ruinosa condición de las carreteras nacionales sino por las graves omisiones ante el caso concreto de ese puente. Por ley el ministro es el funcionario jerárquico superior de cada cartera. Le encarga la dirección y coordinación de todos los servicios con el deber de vigilar los actos de sus subordinados, su apego a la legalidad y conveniencia. Por eso le confiere la potestad disciplinaria (ver la Ley General de la Administración Pública). Doña Karla quiso parapetarse tras la imagen de diligente jerarca que resucitó al MOPT (aunque sea por la discutible ruta de la concesión de obra pública) ante el desastroso y caótico estado de las carreteras y astutamente desvió el foco de la opinión pública hacia la imprudencia del chofer del bus y de su patrono, para descargo de su responsabilidad. Sin dudar de que ambos tendrán que asumir las secuelas de las figuras delictivas que surgen de esta tragedia, debió tener claro que como jerarca superior un ministro ha de dar cuenta de lo que sus subordinados dejan de hacer ante un peligro inminente, en este caso la fallida estructura del puente. Qué controles impuso la policía de tránsito en sus accesos, qué sobre la precaria señalización vial y por qué los oídos sordos —también los suyos— prestados ante las denuncias que le hicieron las municipalidades de Orotina y Turrubares y empresas de turismo. Su hiperactividad para cautelar la continuidad de Alterra, concesionar carreteras o viajar a ver a Schumacher, contrasta groseramente con la suerte corrida por las piezas del nuevo puente sobre el Tárcoles. Y esto, para un pueblo enlutado y herido con el que el país es solidario, tiene un precio muy alto.
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Otra edición de improcedente indulgencia oficialista ampara las desviaciones éticas y legales de la diputada Maureen Ballestero. Sus compañeros de bancada corren a arropar su descarado uso de bienes públicos ante un mitin político al que acude con el claro interés de influir en la designación de quienes mañana tendrían que dilucidar el destino de unas tierras visualizadas como el Potosí de las costas guanacastecas. Su pretexto de recuperar su pasaporte volando en un avión del Estado a la orden del Tribunal Electoral, sin pensar que lo lógico era hacerlo mediante un encomendero, quedó en cueros cuando se destapó que no ha tenido reparos para viajar gratis en los aviones del Estado en otras 28 ocasiones. ¿De qué otras gorronerías habrá gozado quien acude a los salones de belleza en vehículos del Estado?