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FORO DE LECTORES


¿De qué libertad estamos hablando?

Luis Fernando Calvo fcalvo@porlavidacr.org | Lunes 13 mayo, 2024


LFC


Luis Fernando Calvo

Director del Instituto Tomás Moro, Magíster en Estudios Políticos

El Sr. Oscar Álvarez escribe una sugerente columna en este periódico el jueves 2 de mayo en la que establece una relación necesaria entre la libertad y el bien común. No podríamos estar más de acuerdo con lo escrito por don Oscar; en efecto: sin libertad no es posible alcanzar el bien común ya que el bien común supone la existencia de hombres libres pues bajo el totalitarismo se anula la creatividad humana, se impide su virtuosidad y se afianza el servilismo deshumanizante. La libertad es esencial para el hombre.

Hasta aquí vamos sin objeciones.

El meollo del asunto está, por el contrario, en la definición de libertad de la que parte don Oscar, cuestión de hecho omisa en su columna. Concepciones de libertad hay muchas y no todas son igualmente válidas o conducen al anhelado bien común. Sobre esto queremos hablar en las próximas líneas.

Para aproximarnos a la cuestión de la libertad, siguiendo el principio lógico (distinguir para comprender), convendría recordar que existen dos perspectivas sobre su contenido: libertad de indiferencia y libertad para la excelencia. La libertad de indiferencia es hija de la Modernidad. La libertad de excelencia es hija del período clásico.

La libertad de indiferencia la podemos entender como aquella forma de libertad que se ejerce sin restricción y disciplina alguna, una libertad que se basta a sí misma y que encuentra su justificación en sí misma, de manera solipsista. Esta concepción de libertad se opone directamente al ideal clásico mencionado al inicio y encuentra su origen en el Nominalismo de Ockham, fraile franciscano de la Baja Edad Media. Ockham, en su rechazo a los universales, va a plantear que Dios únicamente mira al individuo, no a las naturalezas - pues estás no existen- y que la libertad será previa a la razón, por lo que el ejercicio de ésta, aunque sea irracional es válida. Esta es una comprensión a priori de la libertad. Esta es la visión que prevalece hoy en Occidente.

En cambio, la libertad para la excelencia corresponde a una lógica clásica, como ya dijimos, en donde se concibe la libertad como el presupuesto necesario para elegir el bien, es decir, la felicidad (eudaimonía en términos aristotélicos). Aristóteles diría que el bien reside en el cumplimiento del telos del hombre, es decir, su finalidad. Solo a través de la vida virtuosa (areté) puede alcanzar el hombre la felicidad. Así, virtud y felicidad están íntimamente ligados. Esta lógica implica, por tanto, una comprensión de la libertad como un medio y no como un fin, una libertad que sirve para alcanzar la felicidad a través de la vida virtuosa. La visión moderna, por el contrario, entiende que la libertad es un fin, se basta a sí misma: basta con elegir, sin importar lo que se elija. Estamos ante una ética minimalista.

Precisamente es esta visión de libertad la que termina sirviendo de sustrato a muchos males sociales, como los relacionados con la adicción a las drogas, la pornografía o el individualismo rampante que gobierna nuestro mundo.

Por el contrario, la libertad para la excelencia presupone una naturaleza humana que está en sí misma ordenada hacia la consecución del bien común y la felicidad personal, ambos fines inseparables. Esta felicidad personal no radica en elegir, como en la libertad de indiferencia, sino en elegir bien. El drama de la cuestión subyace en lo siguiente: la libertad de indiferencia se devora así misma, la libertad para la excelencia crece con cada buena elección.

A modo de ejemplo: quien decide usar drogas lo hace a partir de su libertad personal, libertad de indiferencia. Pero conforme hace uso de su libertad según esta lógica, su libertad irá decreciendo hasta el punto de quedar subyugado ante el objeto de su elección: la droga y el placer temporal que ésta le provee. Por el contrario, quien usa su libertad para el bien, será progresivamente más libre en sus actos y decisiones, es decir, virtuoso, y ayudará a otros a conseguir su felicidad (eudaimonía). A esta felicidad en el plano social le llamamos bien común. Sobre bien común trataremos de hablar en otro momento.

El bien común apunta hacia la naturaleza social del hombre que sabemos no encuentra su plenitud y felicidad en sí mismo, sino en la convivencia armoniosa y fructífera con sus congéneres, pues el bien del hombre no se alcanza en soledad.

Así, en vez de enorgullecernos por ser libres, debemos preguntarnos para que somos libres.







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