Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 17 Abril, 2015

Ignorar el pasado es para los pueblos como sufrir de alzhéimer en los individuos


Cumbre histórica

En días pasados la humanidad entera fue testigo de un evento henchido de esperanza en un mundo tan urgido de ella, en la vecina Panamá. Sus protagonistas fueron los jefes de Estado o sus representantes de nuestro continente, con ocasión de celebrarse la VII Cumbre de América.
Este evento se celebra desde 1994 cuando en Miami Clinton propuso el ALCA, que fue rechazado en Punta de Este a inicios de este siglo. Allí los yanquis comenzaron a percatarse, gracias a la patriótica firmeza de Chaves, Kirchner y Lula, de que Nuestra América se negaba ser su dócil patrio trasero y reclamaba un diálogo entre iguales, basado en el respeto al derecho internacional y a un trato justo en el intercambio comercial.
La tendencia se hizo incontenible. La nueva América Latina, liderada ahora por Raúl, Correa, Maduro, Cristina y Evo, hizo sentir su voz. El Washington imperial ha debido inclinarse ante la realidad: están aislados.
Con valiente lucidez, Obama no solo lo ha reconocido sino que fue más lejos al reconocer el carácter irreversible de la Revolución Cubana que sus antecesores habían satanizado, a pesar de los fallidos aunque meritorios intentos de Kennedy y de Clinton con la mediación de García Márquez.
Como se ve, no todo es obcecación y estulticia en Washington. Obama tiene el mérito de, no solo haber aceptado a la Cuba revolucionaria y socialista y de haber escuchado, como un ejercicio de aprendizaje y humildad, las verdades que allí dijeron los más calificados líderes de la región, sino de haber palpado una atmósfera que no es la habitual en los pasadizos del Capitolio.
Sin embargo, todavía falta mucho camino por recorrer. Las erráticas políticas de Washington provienen de un rasgo estructural que caracteriza a los regímenes imperiales: carecen de política exterior porque para ellos el exterior no existe. Asumen que el Universo en su totalidad (suelo, subsuelo y espacio sideral) les pertenece; por lo que pisotean las normas básicas del derecho internacional cuando consideran, por sí y ante sí, que sus “intereses” se ven lesionados. No han firmado ningún acuerdo internacional que los obligue a respetar los derechos humanos y se niegan a aceptar la jurisdicción de los tribunales internacionales que sancionan a quienes los infringen.
La política norteamericana hacia afuera no es mas que el reflejo de la situación interna. La composición del electorado ha cambiado. Negros y latinos junto a la juventud han hecho presidente a Obama por dos veces. ¿Podrá alguien que quiera vivir en la Casa Blanca ignorar esta realidad?
El diálogo con el Sur se impone. Este diálogo implica no solo reconocer el carácter irreversible de las revoluciones antiimperialistas que tienen como paradigma la Cuba de Fidel y el Che, sino asumir la responsabilidad de los errores y crímenes de ayer y de hoy.
Solo se puede construir el futuro hacia donde esperamos ir si se asume el pasado de donde venimos. Ignorar el pasado es para los pueblos como sufrir de alzhéimer en los individuos. Quienes se niegan a asumir su responsabilidad por los crímenes del pasado es porque se saben culpables o cómplices. Todo lo cual confirma una verdad de Perogrullo: el único camino civilizado de la política es el diálogo franco y sin condiciones. Y ese diálogo ha privado en esta cumbre. Por eso se convierte en un rayo de esperanza no solo para nuestras relaciones intercontinentales, sino como camino a seguir en otras partes del mundo donde el ruido de los cañones acalla los gritos de las víctimas que claman por una paz justa y duradera. Quiera Dios-Jahveh-Alá que el ejemplo de Panamá se extienda a esas regiones.

Arnoldo Mora