Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Martes 28 Abril, 2009


¿Cuello blanco o manos sucias?



En 1949, Edwin H. Sutherland, el más importante sociólogo especializado en criminología del siglo XX, publicó una amplia investigación sobre 70 empresas norteamericanas que habían cometido “delitos de cuello blanco”.
“El delito de cuello blanco” es precisamente el título del libro de Sutherland, quien estuvo sometido a grandes presiones por parte de la editorial a cargo de la publicación. Al autor se le exigía eliminar los nombres de las compañías investigadas. Aunque reticente en un principio, finalmente aceptó la censura impuesta. No fue si no hasta 1983, mucho después de la muerte del sociólogo, que sus discípulos publicaron la versión original sin recortes.
El término “delito de cuello blanco” data de 1939 y se refiere a delitos no violentos cometidos por empresarios y empleados públicos de alto nivel que aprovechan su influencia en el campo político y/o financiero para obtener millonarios beneficios económicos. No es que sean pobres. De hecho la definición “de cuello blanco” tiene estrecha relación con la alta condición económica de estos delincuentes.


Este tipo de crímenes tiene que ver con la malversación de fondos, los daños contra el ambiente y diversos fraudes: en el campo de la salud, de los seguros, de la bolsa de valores, de quiebra de empresas.
¿Les suena familiar? ¿Desde hace cuántos años sabemos que todos estos delitos se cometen en nuestro país y en el resto del mundo? Para muestra un botón mundial: la reciente caída de la bolsa norteamericana y su relación con fraudulentas hipotecas. Un botón nacional: los biombos en el Seguro Social. Otros: ICE-Alcatel, CCSS-Fischel y los múltiples contra el ambiente.
Uno podría creer que —puesto que no se trata de delitos violentos— no existen víctimas. ¡Error! ¡Horror! Las víctimas somos todos.
Desde hace décadas nos hemos acostumbrado a que nuestros gobernantes se aprovechen de sus puestos para hacer negocios privados con fondos públicos. O sea con el dinero que es de todos.
No les importa desangrar las empresas estatales. Ni siquiera las que se ocupan de la salud de los ciudadanos. No deberían tener perdón de Dios. Aunque uno no crea en él.
Estos delincuentes utilizan las más variadas excusas para justificarse ante la opinión pública. Contratan a los mejores abogados para salir impunes. Y vuelven al poder. Regresan con mayor experiencia para cometer sus delitos de cuello blanco.
Esto ha traído una decadencia moral de dimensiones inimaginables. Pero la imaginación siempre se queda corta y la realidad siempre supera a la ficción.
Las últimas informaciones sobre el caso CCSS-Fischel, nos demuestran que no solo hay cuellos blancos: hay manos sucias. Sucias de sangre. Algunos testigos han sido amenazados de muerte. No estamos hablando de delitos “impolutos”, sino de una mafia organizada similar a la Cosa Nostra siciliana, la Camorra napolitana o la Ndrangheta calabresa, capaz de cometer crímenes violentos contra quienes se les opongan.
Ya no se trata entonces de cuellos blancos inmaculados gracias al mejor detergente que se pueda encontrar en el mercado. Estamos hablando de manos sucias. Manos manchadas de sangre que ni con cloro volverán a su color original. Y eso reviste de una gravedad que debería asustarnos. A mí me asusta.

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