Leopoldo Barrionuevo

Enviar
Sábado 16 Abril, 2011


Elogios
Cuando un amigo se va


Cantaba Alberto Cortés que “cuando un amigo se va, queda un espacio vacío” y desde hace unos días no puedo borrar de mi mente a Roberto Alvarez, quien se fue de nuestro paisaje. Con su andar sobrador de hombre de la noche, el que no se hace ver porque las sabe largas y observa a los aprendices de hombres cómo van creciendo de tropiezo en tropiezo, apenas tuvo tiempo de decirnos adiós.
A alguna gente le cuesta mucho la sola idea de pensar en la desaparición física y se torturan ante el hecho de que más temprano o más tarde se jugarán en una mano final el resto de las barajas de poca monta que le quedaban.
Recién graduado de profesor en Letras, con apenas 22 años gané una cátedra en el Liceo Militar General San Martín y me estrené con cadetes de bachillerato a los que apenas llevaba seis años. Cuando aparecí en el aula, Roberto no pudo evitar el comentario al verme con mi traje azul cruzado de finas rayas blancas: ¿Y este en qué orquesta canta?
No se equivocaba, por entonces era cantor de Eduardo del Valle, orquesta de Villa Lugano y Mataderos y actuábamos esporádicamente en el cabaret “Empire” de Corrientes y Esmeralda.
Desde entonces, una gran amistad que lleva ya poco menos de 60 años nos unió en especial cuando los chicos elaboraron la Revista “Ariel” con Jorge Alisio, Mario Zapico, Roberto y otros más con quienes me reúno toda vez que viajo al Sur.
Con Alisio coincidimos en la enseñanza del Marketing, con Zapico en la práctica del Management, con Roberto en la afición por la música popular y la afiliación a la Academia Nacional del Tango y con los tres por un entrañable amor por Buenos Aires y todos sus defectos, tal como se quiere a la mujer amada.
Los amigos no son ocasionales: cuestan una vida, por eso no abundan. Son la sal de la vida, un regalo que hay que saber cultivar como una plantita en un invernadero, te dan tanto que te dejan sin capacidad de asombro cuando lo meditas y lo más importante: son tu elección.
Me decía una vez Mike Wynne que el gran valor de la amistad es el costo en años de vida que implica cultivarla y que de cientos de conocidos que tuviste en tu juventud, solo te queda un puñado cuando alcanzas los cincuenta y es el momento de cuidarlos porque no se reemplazan y te los va arrebatando “este vivir que la madre ha prestado”, como escribía Julián Centeya. Además, son una parte constitutiva tuya, un trozo de tu mundo interior que se desgaja.
Yo me encontraba lejos cuando partió, no pudimos despedirnos, pero eso es algo que no tiene importancia alguna: el solo hecho de vivir hace que todos los días estés llegando y estés partiendo, sin dramas ni pesares.
Por las calles de mi barrio, se va desdibujando la figura de Roberto, rumbo al centro, ese sitio que era la tierra prometida cuando muchachos, pero antes se detiene en el Bar de la esquina donde lo espera una caña sin servir y donde pedirá un expreso, para despedirse con el último café.

Leopoldo Barrionuevo
[email protected]