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Sábado, 17 de noviembre de 2018



COLUMNISTAS


Cuando la estabilidad se convierte en una victoria pírrica

Jose Luis Arce | Jueves 07 abril, 2016


 Estabilidad cambiaria, sin duda, pero generada por un banco central obsesionado peligrosamente con la estabilidad en el tipo de cambio

Cuando la estabilidad se convierte en una victoria pírrica

Se acerca el mes de mayo y con él los balances sobre la actuación de las autoridades públicas en distintos ámbitos. En lo económico no faltarán nuevamente este año referencias a la estabilidad macroeconómica —precios, tasa de cambio y tipos de interés— en las comunicaciones gubernamentales y hasta en el informe presidencial.
Sin duda, la estabilidad macroeconómica es importante, pero puede tener muchos matices y, en no pocas ocasiones, estar asociada con situaciones claramente no deseadas o que anteceden a la tormenta.
Estabilidad lograda casi por accidente, sin que se acompañe de políticas económicas congruentes y de una visión acerca de la estrategia de desarrollo económico y social del país es, incuestionablemente una victoria pírrica.
Lamentablemente ese es el caso costarricense en los últimos meses. Ciertamente el ritmo de crecimiento de los precios internos ha sido muy bajo, la tasa de cambio mostrado una gran estabilidad y los tipos de interés incluso disminuido, todo esto, paradójicamente, en el contexto de un persistente desequilibrio en las finanzas públicas.
La notoria baja en el ritmo inflacionario es el producto de la baja en los precios de las materias primas del último año y medio, es decir, un regalo que recibió el país del resto del mundo. El mismo origen tuvo la mejora en el ingreso real producto de la mejora en términos de intercambio, un factor fundamental para explicar el repunte del consumo de las familias en los últimos meses.
Estabilidad cambiaria, sin duda, pero generada por un banco central obsesionado peligrosamente con la estabilidad en el tipo de cambio, sea por miedo a flotar —el temor a que la volatilidad en el precio de las divisa estadounidense tenga efectos no deseados sobre la confianza de los agentes económicos o sobre un sistema bancario altamente dolarizado— o por tratar de anclar con mayor fortaleza una meta inflacionaria excesivamente ambiciosa dada la coyuntura fiscal.

Una apreciación del colón producida no por una mayor productividad o porque efectivamente mejorara de manera estructural nuestro balance externo, sino el producto de factores temporales y fácilmente reversibles como la baja en precios de materias primas o, peor aún porque ante la ausencia de voluntad política para resolver la problemática del déficit fiscal se recurrió a la salida fácil del endeudamiento externo.

Tasas de interés a la baja en un contexto de déficit fiscal creciente, resultado primero del financiamiento externo que apreció nuestra moneda y luego de una gestión de deuda pública concentrada en segmentar más que integrar un incipiente e imperfecto mercado, buscando aquellos espacios en donde el poder de negociación del tesoro público es más fuerte, por ejemplo, las instituciones públicas como inversionistas en instrumentos de deuda gubernamental.

Todas estas son estrategias válidas, por su supuesto, si lo que se pretende es ganar tiempo esperando corregir el problema de fondo o mitigar los costos del ajuste, pero devienen en irresponsables si lo único que buscan es evadir la tarea de las autoridades y literalmente patear la pelota hacia delante sin hilvanar una jugada razonable.

¿Y los costos? Claro que los hay, detrás de la aparente estabilidad se esconden muchos peligros. No es un equilibrio deseable, es producto solamente de las circunstancias y de la incapacidad para buscar un estado mejor y eso se refleja, por ejemplo, en el bajo crecimiento económico y el elevado desempleo.

Es, además, un equilibrio riesgoso, se está en él debido a factores que no se controlan del todo y que de cambiar pueden derivar situaciones menos placenteras, las que deberán enfrentarse con mucho menos grado de libertad debido a las vulnerabilidades que se han acumulado tras mucho tiempo de evadir el ajuste.

José Luis Arce