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Crítica a dieta occidental moderna

El “nutricionismo” ha restado importancia a los alimentos completos para dársela a las vitaminas individuales, dificultando dilucidar qué comer, entre otras confusiones

Elizabeth Lopatto
Bloomberg News


El nuevo libro de Michael Pollan “In Defense of Food: An Eater’s Manifesto” (En defensa de la comida: Manifiesto de un consumidor) es en dos terceras partes una buena obra.
Pollan, autor del superventas “The Omnivore’s Dilemma”, detalla la forma en que políticos, científicos y grupos de presión han creado la moderna dieta occidental.
Lo que él llama “nutricionismo” ha restado importancia a los alimentos completos para dársela a las vitaminas individuales, dificultándole a la persona promedio dilucidar qué comer.
Pollan también escribe sobre las tendencias en cuanto a alimentos “buenos” y “malos”, las cuales han variado tanto en los últimos 50 años que todo el mundo está confundido. La margarina, en un tiempo considerada más saludable que la manteca porque no contiene colesterol, resultó tener grasas trans. Una vez que se convirtieron en tabú, la margarina fue reformulada sin ellas.
Otra queja importante de Pollan: la información nutricional causa confusión. En la primera mitad del siglo XX, cualquier cosa que se asemejara a alimentos tradicionales como los huevos, el queso o la leche debía decir “imitación”’ en la etiqueta. La Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por su sigla en inglés) eliminó esta regla en 1973.
Desde entonces, las aprobaciones de la FDA han ido de lo desconcertante a lo ridículo. A Frito-Lay se le permite afirmar que sus bocadillos son saludables porque están fritos en grasas poliinsaturadas.
Este no es el único momento del libro en que el Gobierno es visto como el malo de la película. Un pasaje, en particular, debería dejar helado a cualquier lector: vender un montón de calorías a un precio muy bajo “ha sido la política oficial del Gobierno de Estados Unidos desde mediados de la década de 1970”.
No es que los consejos de Pollan sean malos, siempre que uno se los pueda permitir: compre en el mercado del agricultor, congele los alimentos frescos en temporada, evite comer algo con productos químicos cuyo nombre usted no pueda pronunciar.
Pero es decepcionante que las sugerencias de Pollan no incluyan más sobre política pública. Aunque a menudo ridiculiza las aprobaciones de la FDA en las etiquetas, por ejemplo, no sugiere que estas sean eliminadas. Tampoco insta al Congreso a revocar la ley agrícola que condujo al aumento de las calorías baratas.
En suma, la conclusión del libro es que los buenos alimentos son caros. Esto está bien para los grupos de mayor poder adquisitivo. Pero ¿qué pasa con todos los demás?
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