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Jueves 2 Mayo, 2013

Creer en pajaritos

Cuando el ahora presidente Venezuela, Nicolás Maduro, dijo que Hugo Chávez se le había aparecido en la forma de un pájaro, las burlas no se hicieron esperar. A mucha gente le pareció ridículo también que dijera que el alma del exmandatario estaba en el cielo y que había intercedido ante Dios por la elección del nuevo Papa.
Aunque no comulgo con las ideas de Maduro y estoy consciente de que sus declaraciones tienen un contexto político, tampoco creo que sus creencias merezcan una burla. Tanto las creencias de él, como las suyas, las judías, las cristianas, las budistas, las ateas y las musulmanas merecen el mismo respeto.
Parece que sí es aceptable burlarse de que Chávez se apareció como un pajarito, pero es socialmente incorrecto cuestionar otras creencias místicas como de que Jesús se convirtió en la hostia y en el vino, de que los niños que se mueren se convierten en ángeles o de que la Virgen María se apareció sobre una piedra a los indígenas.
Muchos se burlan de las creencias de Maduro porque les parecen "ridículas", pero es una herejía y se merece el fuego eterno del infierno increpar las creencias cristianas, que tienen justamente la misma base irracional, tampoco tienen certeza histórica y se creen únicamente por fe.
Por ejemplo, mi mamá, que es católica, cree fervientemente que sus familiares fallecidos se le aparecen en sueños, le dan mensajes y hasta termina jugando en la lotería el cumpleaños de mi abuelo o la edad en la que murió. También conozco personalmente gente católica que cree en el feng shui, el karma y los ángeles, al mismo tiempo.
Asumir la posición de que “la religión que yo profeso es la única que posee la verdad” es lo que hacen todas las religiones. Tomar un discurso en el que las demás creencias son absurdas y merecen nuestras bromas, pero las nuestras son respetables y correctas, es una contradicción que alimenta la intolerancia y el irrespeto.
Este mismo marco de respeto debería aplicar para los no creen en ningún dios, son agnósticos o ateos, que tienen también el deber ético de respetar a los que sí tienen fe y se sienten identificados con símbolos y costumbres religiosas.
Finalmente nuestras creencias no definen si somos “buenos o malos”, “inteligentes o tontos”. Lo que sí es importante es la forma como las utilicemos para fundamentar nuestras acciones diarias, cómo tratemos a los demás y a nosotros mismos.
Es mejor y más sano que quien crea lo que quiera y que todos respetemos la fe (o la falta de esta), las costumbres y las creencias ajenas. Y que procuremos no usar nuestras propias creencias contra nadie. Ese es el camino para la buena convivencia y la paz.

Shirley Malespín