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Viernes 28 Mayo, 2010

Creando monstruos

Hay que ser muy cuidadoso en política, hay que ser visionario en política, no en vano se dice que este fenómeno es un arte, el arte de la política y el arte de gobernar. El gran genio Gottfried Leibniz (1646-1716), la definió como el arte de lo posible.
En política y en el gobierno hay que ser muy cauteloso a la hora de tomar decisiones porque el pueblo, aunque no se perciba de momento, va absorbiendo lentamente lo que le parece positivo, y muy especialmente va tomando nota de todo aquello que es negativo, aquello que cataloga como perjudicial, o como malas prácticas en el quehacer diario de esos en quienes ha depositado toda su confianza para el manejo de los intereses nacionales.
Tenemos muchos casos muy bien documentados por la historia en nuestro continente americano de sociedades, de pueblos enteros que se fueron cansando de la madeja de repetidas asquerosidades, de actos de corrupción, de abusos de poder, de promesas imposibles, de promesas incumplidas y demás perversas historias escritas en un larguísimo menú de impunes fechorías cometidas por los politiquillos de turno de izquierdas, derechas, centros y demás matices.
No podemos negar que haya excepciones, que por ahí existen políticos de verdad, gente honesta, artistas que tratan de hacer posible los ideales propios y los del pueblo al que pertenecen.
Pero los más, muchos políticos, o más bien politiqueros, inmersos en lo profundo de su mezquino mundo, a veces irreal y abstracto, incluso para ellos; sumergidos en el disfrute del poder, deslizándose sobre las olas de la ostentación, llegan a perder la perspectiva de que sus mandatos son temporales y hasta osan creer que los pueblos que los eligieron son estúpidos, descerebrados o de memoria corta, olvidando que las facturas políticas, a menudo por elevadísimos montos, no prescriben y que siempre van a estar al cobro.
Dentro de esta perspectiva, tal y como lo hemos visto a través de la historia, no solo en nuestro entorno, los pueblos se van cansando, van perdiendo la credibilidad y la fe en los políticos, hombres y mujeres que brincan como saltamontes, de puesto en puesto, actuando sobre un tablado en el que como actores y actrices de diverso calibre y calaña, siempre son los mismos, solo que de tiempo en tiempo cambian de máscara y de traje.
Este desencanto de las sociedades humanas degenera en hastío, en odio, en un deseo profundo y a veces “revolucionario” de cambio, es ahí cuando los pueblos paren, a menudo dolorosamente, monstruos, monstruos que son, ni más ni menos, el producto de la desesperación y de la impotencia a que fueron sometidos.
Las sociedades acorraladas desean y sueñan con líderes renovados, hombres o mujeres “nuevos” incorruptibles, honestos, seres humanos con principios básicos que los guíen para lograr un cambio radical y en este justo deseo se ven en la inminente necesidad de generarlos y de ponerlos al mando de sus destinos, líderes advenedizos que a menudo son una medicina peor que la enfermedad, líderes que más que eso son monstruos-políticos, seres poderosos, peores que sus antecesores, aquellos que abonaron el terreno para su nacimiento y desarrollo.
La realidad nos lo confirma, sin duda a todos nos ha tocado ver con la mayor de las tristezas, que con el transcurrir de los días, cuando se marchita la flor, el desencanto regresa con más intensidad, los lamentos vuelven quizá demasiado tarde cuando el monstruo ha crecido y anda suelto; todo, ciertamente, por culpa de aquellos que en su momento pudieron cambiar el rumbo y no lo hicieron, por culpa de aquellos, que embriagados de poder creyeron que gobernar, ser líder, era servirse de la olla los primeros, y tras de eso, con la cuchara grandota.

Johnny Sáurez Sandí