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Martes, 31 de marzo de 2020



COLUMNISTAS


Confianza y credibilidad: valores centrales de un gobierno

Emilio Bruce [email protected] | Viernes 06 marzo, 2020


Sinceramente


Los gobiernos democráticos dirigen los países a base de persuasión, de convencimiento de sus tesis y proyectos. La confianza en las autoridades y en las instituciones, en las leyes y en quienes hacen que se cumplan es el corazón verdadero de un régimen deliberante y democrático. La credibilidad en las personas que nos dirigen, en sus conocimientos y en sus intenciones, en sus propósitos y sus objetivos es la que permite que los ciudadanos de un país acepten de buen grado la conducción de los asuntos públicos. Las autoridades deben de luchar siempre por ganar la confianza y la credibilidad y darles bases sólidas.

La credibilidad y la confianza son los dos pilares de un régimen democrático. Pues bien, los agentes anti sistema han dedicado los últimos lustros a persuadir a los costarricenses de que no debemos creer en los gobernantes ni tener en ellos confianza alguna. Los agentes anti democráticos señalan a las autoridades como “todas corruptas” y “siempre las mismas” y a su vez las describen como “mentirosas, falsas, populistas y demagogas”, tratando de acabar con la confianza ciudadana en ellas, así como en la credibilidad que los costarricenses siempre tuvimos en la dirigencia del país.

Los brotes de histeria y crispación que hemos estado observando son producto de una larga tarea desarrollada con toda rigurosidad y constancia por quienes están buscando destruir lo que los costarricenses hemos erigido en cerca de doscientos años de constante lucha y un trabajo tesonero. La población reacciona histérica y crispada ante cualquier cosa porque la confianza y la credibilidad de los ciudadanos ha sido vulnerada y debilitada conscientemente por quienes en un principio buscaban reemplazar la legítima dirigencia democrática de los partidos por otra que ellos pretendían constituir y de la que se mostraban como líderes y paladines indiscutibles.

Así las cosas hemos visto acabar la capacidad de diálogo de los costarricenses. No se estructuran ideas ni argumentos, se escupen insultos e insinuaciones y cuando ese expediente se ha agotado se utilizan descalificaciones. ¡Ese tipo es aristocrático! ¡Es que es un neoliberal! , como si el liberalismo surgido de las luchas contra el despotismo fuera algo dañino, peligroso o terminal de la vida de las instituciones del país.

Es un viejillo ignorante, me dijeron en estos días por haber estructurado una opinión sobre la UPAD. Neoliberal le han espetado a personas valiosas para que su mensaje no trascienda y los prejuicios oscurezcan sus ideas y conceptos valiosos. La idiosincrasia de nuestros días es la de insultar, nunca la de escuchar; es la de descalificar, nunca la de argumentar con sólidos y pulidos argumentos e ideas.

Hay que acabar con la credibilidad y hay que destruir toda confianza parecieran repetir todos los días los “influyentes” en redes y foros para que los que argumentan, piensan y generan ideas no puedan ni lleguen a transmitir un mensaje de libertad, de confianza, de mejoramiento de lo que por doscientos años el país ha buscado construir para vivir en paz, en justicia, en democracia desarmada y en convivencia democrática.

¿Cómo reactivamos la economía del país y generamos más puestos de trabajo? Con confianza. ¿Qué herramienta más efectiva para derrumbar un sistema democrático y deliberante que arruinar su economía”? Ninguna, absolutamente ninguna. ¿Cómo evitar que los electores y pobladores del país tengan confianza en sus dirigentes y autoridades? Haciendo que estos pierdan toda credibilidad. Confianza y credibilidad son hermanas siamesas y pilares de la gobernabilidad.

“Nunca regresa a su nido vacío, el pájaro muerto en la selva”… y así sucede con la destrucción sistemática de la confianza y de la credibilidad en personas, leyes, instituciones y procedimientos.

Durante décadas y décadas hemos leído y escuchado decir en todos los tonos y en todas las formas posibles que los diputados son tontos, inmaduros, incapaces, ignorantes, corruptos, vagabundos y solo Dios sabe cuántos epítetos más. La Asamblea Legislativa no es una asamblea aristocrática, ni académica, ni una reunión de sabios y expertos. La Asamblea es en lo fundamental una reunión popular en la que cuenta por encima de cualquier otra condición que el pueblo tenga confianza y credibilidad en quienes elige para que ellos como depositarios de la soberanía dicten las leyes que el país requiere. El intento prolongado de los poderes fácticos, que desean mandar sin haber sido electos, por acabar y deshacer todo prestigio, confianza y credibilidad en la Asamblea aún hoy se mantiene. Claro está, los partidos han ayudado a esto llevando a la Asamblea a personas limitadas que hacen gala muchas veces de desubicación.

La campaña contra la credibilidad y la confianza ha hecho que se comience a buscar la destrucción del Poder Judicial. Muchas veces se ha estigmatizado a Magistrados y recientemente al Presidente de la Corte. Él puede sostener su punto de vista, él puede discrepar de la mayoría, ¿pero quién nos dice que la mayoría tiene la razón en las tesis que adversan a don Fernando? El respeto se pierde como resultado de la pérdida de la confianza y la credibilidad en personas y en instituciones, en leyes y conductas.

La justicia debe de ser pronta y cumplida, debe de ser independiente de los otros poderes del estado en sus sentencias, pero los linchamientos y escándalos mediáticos han hecho que tal confianza y credibilidad se destruyan. Es más fácil y comprensible ver la televisión y leer los periódicos que exponen como buenas y finales sus tesis y acusan, juzgan y condenan a las personas, que entender a los estrados y jueces que están supeditados al derecho y al debido proceso. Así que cuando el juzgado no confirma los adefesios del linchamiento en la calle, el juzgado es acusado de corrupto y los jueces de vendidos.

Del señor presidente de Costa Rica y de los señores ministros las cosas que se dicen y las que se insinúan son color de hormiga. ¿Quién querrá participar en política con esa jauría suelta las veinticuatro horas del día? Cada vez menos personas de valor. Cada vez más quienes llegan allí son los que nada tienen que perder y a quienes esos linchamientos no les afectan. ¡Qué lamentable! ¡Qué destructivo! ¡Pobre Costa Rica!

Cuidemos al país, que no tenemos otro hogar común. Reflexionemos. Busquemos cambiar en libertad antes de perder hacha, calabaza y miel. A patadas y con mediocres el país se va de pique. Sin confianza y credibilidad nuestra libertad y democracia sucumben.


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