Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 10 Noviembre, 2011


De cal y de arena
Con más galillo tragan más pinol

Virgilio es un pequeño empresario de la construcción. Allá en las alturas del cantón Alvarado ha demostrado sus dotes de autodidacta en el ramo de las casas de interés social. Hoy sufre las secuelas del parón económico que afecta al sector. Angustiado por sus jaranas sembró en su parcela zanahorias. Pero la ilusión de un paliativo se le ha esfumado: invirtió ¢500 mil pero los intermediarios le llegan con ¢270 mil.
Rafael es otro de esos muchos ejemplos de la misma zona cuyas manos laboriosas de emprendedor hallan poca ocupación donde antes la tenía de sobra.
En el caso de Carlos, las inclemencias del tiempo azotaron su papal y exigieron una inversión extraordinaria en fungicidas justo cuando el precio de la papa se abate, que no al consumidor para quien sigue alto aun en ese remedo de alternativa que son las ferias “del agricultor” (¿o del intermediario?).
Hablé con Julio en El Silencio de Aguirre: los temporales le jodieron el platanar. Dora, con su ferretería en Liberia, la acosan las penurias de una economía que se desploma. No descarta el cierre.
Hay una cooperativa que sigue de cerca el estrujamiento que desvela al otrora próspero sector lechero y que ya sofoca a más de una finca asociada. Hago estas citas que refieren seguramente un infortunio común en muchísimas empresas y empresarios nacionales derivado de la pérdida de bríos de la economía nacional y de la preocupante perspectiva a futuro a la luz del violento remezón que sacude a muchas economías del mundo. En sus giros no se derraman los privilegios que el Estado concede a otros.
Tienen ellos algo muy particular: como la inmensa mayoría, son empresarios que se la juegan a güevo, a mano pelada, también padeciendo las atrofias de un mercado distorsionado. Ni unos ni otros disfrutan de los refrescantes aires procedentes de regímenes especiales generosos con exenciones de impuestos, escudos fiscales y tarifas diferenciadas. A veces les llega la mano de la temblorosa y débil ayuda estatal, jamás proporcional a lo que aportan a la economía nacional en empleos directos e indirectos, en impuestos nacionales y municipales, en exportaciones… de seguro muchísimo más que lo que dejan las Zonas Francas pero tan imprescindibles en esta coyuntura ellas como estas.
¿Quién se acuerda de Virgilio, de Rafael y de Julio, al margen ellos de toda posibilidad material para montar una campaña de presión sobre las autoridades gubernamentales pera torcerles el brazo y reprimir por la vía del miedo la potestad soberana de legislar en materia de tributos?
La irrespetuosa e insolente campaña montada por las Zonas Francas para impedir el paso por determinada vía a la corrección de un grave déficit fiscal tarea de interés público y que atañe a todos deja en cueros los contenidos malinchistas de sus inspiradores y subraya la necesidad de poner a buen recaudo la exportación fácil que se monta a base de exenciones sobre la carroña de la pobreza de unos países.

Álvaro Madrigal