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Lunes 9 Marzo, 2009

Con voz firme y mirada dulce

Óscar Arias Sánchez
Presidente de la República

Dos por dos, cuatro. Dos por tres, seis. Dos por cuatro, ocho… y así iba con voz firme recitando la materia, caminando entre nosotros con sus vestidos de algodón y unos taconcitos propios de los años cuarenta. Los chiquillos de la Escuela República Argentina reconocíamos la cadencia de sus pasos donde fuera. Era mi maestra de escuela, madre intelectual de cientos de niños que en aquel entonces corríamos por las calles de Heredia, con los bultos de cuero crudo, las cantimploras llenas, y tal vez un cinco o un diez en la bolsa del pantalón, para comprar algo en el recreo grande. Quien se asomara al aula de aquella maestra hubiera visto una escena de cabezas inclinadas sobre cuadernos cosidos, y debajo de los pupitres una confusión de pies descalzos y zapatos embetunados, porque ese reino diminuto era un lugar de igualdad, adonde asistíamos todos sin importar nuestro origen o extracción social. A la monarca de ese reino de letras del abecedario y tablas de multiplicar, a la niña Olga Camacho de Brenes, quiero dedicarle este Día Internacional de la Mujer.
¿Con qué palabras se agradece a quien abrió las ventanas de la vida? ¿Cómo puedo ahora, décadas después, expresarle lo que siento por lo que me enseñó? ¿Cómo hacer para contarle que aún hoy me sorprende cuán excepcional era mi maestra, cuán extraño era encontrar en esos días a una mujer profesional, madre, esposa y ciudadana activa? Tal vez fue ahí en donde aprendí lo que quiere decir equidad de género. Con cada trazo de la tiza en la pizarra. Con cada nota escrita al margen del cuaderno de vida. Una mujer me entregó las herramientas para comprender el mundo, y a través de sus ojos tiernos, veo hoy la historia de todas las mujeres de Costa Rica.
Mi Niña Olga es testigo y protagonista de una de las victorias más trascendentales del siglo XX en nuestro país: la inclusión laboral, social, económica y política de la mujer costarricense. Personas como ella fueron el prefacio, la vanguardia de una marcha de justicia. En el transcurso de una generación, entre el día en que me senté por primera vez en mi aula de escuela, y el día en que se sentó en la suya mi hijo Óscar Felipe, el pueblo de Costa Rica cambió para bien. Mi Niña Olga no tenía derecho al voto cuando me enseñaba las tablas de multiplicar. Nos narraba las gestas glorificadas en la Cartilla Histórica, y con muy pocas excepciones esas gestas eran masculinas. En mi escuela no había mujeres. ¿Cómo íbamos a saber que llegarían a ser mayoría hasta en la Universidad de Costa Rica?
Sé que hay todavía mucho camino por recorrer. Sé que hay prejuicios que abonan la mala hierba en el jardín de las mujeres costarricenses. Sé que aún hoy ganan menos en idénticas condiciones en algunos puestos de trabajo. Sé que aún hoy la pobreza las golpea con mayor crueldad. Aún hoy cargan desproporcionadamente con el peso de sacar adelante a sus familias. Aún hoy comparten una fracción minoritaria del poder en el sector público y privado. Pero es tanto lo que hemos cosechado, es tanto lo que hemos logrado cambiar como sociedad, que me siento impulsado a citar la oración de un predicador que alguna vez repitió Martin Luther King Jr: “Señor, no somos lo que queremos ser; no somos lo que debemos ser; no somos lo que vamos a ser, pero, gracias mi Dios, ya no somos lo que fuimos”.
En el Día Internacional de la Mujer, agradezco a todas las “Niñas Olga” que viven todavía. A las maestras y profesoras que, con la proverbial insistencia del agua sobre la piedra, han ido destruyendo los fundamentos de la exclusión femenina. Felicito también a todas las demás mujeres de Costa Rica, a las empresarias y a las trabajadoras, a las profesionales y a las madres de familia, a las muchachas y a las abuelas, que reclaman cada día su lugar en la historia. Ustedes han demostrado que aunque en la teoría los derechos nacen con uno, en la práctica los derechos se hacen con uno, con la labor cotidiana de quienes se niegan a ser un pie de página en el libro de la humanidad.
Y a los que aún no forman parte de este movimiento, a los que aún ven desde el espaldón la marcha hacia un futuro de mayores oportunidades para la mujer, les recuerdo que aquí, en esta lucha, los estamos esperando. Paso a paso enmendaremos los errores del pasado. Día a día cambiaremos de mentalidad. Poco a poco conquistaremos cada resquicio de la población nacional. Dos por dos seremos cuatro… cuatro millones y medio de costarricenses que, como la Niña Olga, enseñen a los hombres lo que quiere decir la igualdad.