Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 12 Octubre, 2009


Comida, techo y salud


La vida no es fácil para nadie; pero para algunos es dificilísima.
En el viejo tango de Roberto Sciammarella el autor afirmaba que “Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor. El que tenga esas tres cosas que le dé gracias a Dios”. El orden establecido para esta trilogía de bondades puede ser discutible solo en lo que se refiere al segundo y tercer lugar: la salud siempre será prioritaria en nuestros deseos.
Que si es mejor tener la billetera llena que el corazón contento es muy subjetivo: uno podría calificar de materialistas a quienes prefieran ser ricos o demasiado románticos a los que aspiren estar enamorados.
Todas estas elucubraciones pueden deambular en el pensamiento de la mitad de la población mundial: la otra mitad —la que sobrevive con menos de dos dólares diarios— seguro tiene otras prioridades en la vida.
Nosotros, los que estamos por encima de la línea de la pobreza (y cuando hablo de nosotros incluyo a los lectores de este periódico y a tantos otros que tienen su cotidianidad económica resuelta, más allá de cualquier deuda superflua) nosotros —repito— podemos aterrorizarnos por la pandemia del virus AH1N1, sufrir por el descalabro económico al que nos sometieron los grandes especuladores de la bolsa internacional, rasgarnos las vestiduras por el tráfico internacional de armas, cortarnos las venas por la utilización de animales en pos del desarrollo de la ciencia o pelear por la defensa de nuestros recursos naturales.
Cada una de estas luchas por el mejoramiento de la vida humana o animal es muy relevante. Pero combatir el hambre en el mundo debería ser nuestra pelea principal. Que diez millones de niños al año mueran de inanición debería quitarnos el sueño. ¡Más del doble de nuestra población!
Pero, claro, la muerte por desnutrición siempre está lejos. ¿Estamos seguros de eso? En este momento más de mil millones de seres humanos en el mundo tienen hambre. Una cifra única en la historia. ¿Dónde están esos seres iguales a nosotros que no tienen alimentos? ¿En Asia? ¿En Africa? Sí. También. Pero no solamente. Aquí no más, en la vecina Guatemala, durante 2009 han muerto de hambre casi quinientas personas.
Algunos sobreviven. Solo sobreviven. Niños que logran superar la inanición, pierden su capacidad cognoscitiva por la desnutrición. Es decir, no morirán. Pero jamás lograrán desarrollar las capacidades que tenían al nacer.
En nuestro país las cosas no son tan diferentes: si antes los más pobres lograban —gracias a una alimentación balanceada, un buen sistema de salud, una educación de calidad y un esfuerzo titánico— superar las desventajas económicas en las que habían nacido y desarrollar sus capacidades hasta el punto de alcanzar grandes metas, hoy esas posibilidades son prácticamente imposibles.
“Salud, dinero y amor” repetía el tango, como la mejor trilogía de las bondades a las que un ser humano podía aspirar. Tal vez hoy deberíamos soñar con que todos nuestros congéneres logren tener comida, techo y salud. Sí, la salud en último término. Y si antes la educación fue tan importante en el desarrollo de nuestra sociedad, hoy podríamos pensar que esta es casi un privilegio. Como el amor. ¡Qué pena! ¿Verdad?

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