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Martes 25 Agosto, 2009

Comercio y responsabilidad social

Washington DC- A finales del siglo XX, el pueblo centroamericano vivió el periodo más sangriento desde el descubrimiento de América y la colonización del istmo, lo que produjo la primera oleada de emigración. Millones de personas se aventuraron hacia diferentes partes del mundo debido a las atrocidades militares y políticas que se ejecutaron durante las décadas de los 70 y 80, a causa de las guerras civiles en Guatemala, El Salvador y Nicaragua, así como por la invasión a Panamá
Una vez finalizados los conflictos militares en la década de los 90, debido a la inmensa oferta laboral, las economías centroamericanas adoptaron políticas de explotación y abuso, con lo cual ofrecieron empleos con salarios insuficientes para suplir las necesidades mínimas de vivienda, alimentación, educación, transporte y vestido a su población. En la capital de San Salvador se podían observar familias casi desnudas y sucias pidiendo dinero en diversas esquinas del centro histórico para poder sobrevivir el día y viviendo en casas de cartón o plástico. Esto produjo una segunda oleada de emigrantes, principalmente jóvenes con poca educación. El destino principal fue hacia Estados Unidos, adonde familiares y amigos se habían asentado durante las décadas pasadas.
Conforme la crisis económica se profundizó, al grupo de emigrantes se integraron profesionales, intelectuales y estudiantes universitarios, quienes, al igual que el resto, encontraron oportunidades de progreso lejos de su patria. En el nuevo siglo, esa emigración centroamericana continúa y parece no tener fin, debido a la continua inestabilidad y corrupción política que mantiene en batalla perpetua a los lideres de las clases poderosas e históricas y los del pueblo desposeído, siendo muy común que estos últimos se transformen en personas tan corruptas como los otros.
A finales de la década de los 80, la primera generación de emigrantes centroamericanos con vocación comercial había surgido. A través de trabajo arduo, reunificación familiar, sueños de riqueza y un sistema económico funcional con niveles mínimos de corrupción política y un sistema social incluyente, decenas de restaurantes típicos y pequeñas tiendas de primera necesidad fueron fundadas en ciudades como Los Angeles, CA; Washington, DC; Long Island, NY, y Houston, TX.
Con este primer surgimiento comercial de la diáspora Centroamericana, y la abundancia de empleo con salarios generosos, el mito del sueño estadounidense se constituyó en una realidad para millones. Las historias de pobres campesinos u obreros que entraron a este país sin un centavo, sufriendo las calamidades de una aventura de esperanza y muerte, pero que, a través de su dedicación al trabajo duro, el amor por sus familias y la bondad de un país de oportunidades, se convirtieron en millonarios, son reales.
Aun cuando ese no es el caso de todos, pero es indiscutible, que en este país no se necesita ser millonario para vivir bien, sino de vocación para trabajar y convicción a triunfar, debido a ello, es que la fuerza laboral centroamericana desde hace medio siglo, se ido transformando en una fuerza empresarial vital para la economía local de esta nación. Cada día se abre un nuevo negocio centroamericano, y con ello, no solo se beneficia la economía estadounidense con el pago de impuestos, sino que se provee empleo a los nuevos inmigrantes, quienes son la fuente principal de las vitales remesas familiares que subsidian las economías centroamericanas, particularmente en Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador.
Al final de la primera década del nuevo siglo, las empresas centroamericanas se han diversificado en corporaciones transnacionales, que se extienden desde la importación y exportación de productos nostálgicos hasta la consultoría de servicios de avance científico y tecnológico. Todo es el resultado del esfuerzo individual que ha sido complementado por la inversión que las empresas para las que trabajamos antes de convertirnos en empresarios, tuvieron al capacitarnos e impulsar nuestras habilidades para maximizar nuestro potencial laboral.
Con el surgimiento de la Cámara Centroamericana Estadounidense de Comercio e Industria, el liderazgo empresarial debe procurar promover esa actitud exitosa, ya que es la que hace a las empresas estadounidenses las mejores en el mundo y convertirá a las nuestras en parte de esa elite comercial.
La oportunidad de comercio transnacional que existe a través del CAFTA, es inmensa. Este tratado comercial fue diseñado por los mejores economistas estadounidenses para que nuestras empresas tomen ventaja de sus beneficios, sin embargo, es importante que recordemos que como miembros de la fuerza laboral en Estados Unidos, también aprendimos la manera como estas empresas poseen una legitima responsabilidad social, la cual, beneficia a cada comunidad adonde residimos y adonde nuestros hijos crecen y se desarrollan.
El empresario centroamericano-estadounidense tiene una misión histórica debido a los orígenes de sangre, desesperación y explotación de donde hemos partido. Esa misión es, hacer negocios de excelencia empresarial con inversión laboral y responsabilidad social. Es nuestra responsabilidad generar riqueza en los cantones y ciudades de donde somos originarios y así, cambiar un sistema que mantiene a nuestros países sometidos a la corrupción y la pobreza.
Es tiempo que la diáspora invada a Centroamérica, no con turismo, remesas y consumo. Eso nos hace cómplices de los explotadores y corruptos, sino con nuestras empresas y comercio, de manera que, podamos consolidar una incidencia política que hasta ahora se nos niega y que pueda eventualmente minimizar los grandes negocios de los explotadores y políticos corruptos, quienes no permiten que Centroamérica surja del tercer mundo.

Walter Monge-Cruz
Presidente Cámara Centroamericana – Estadounidense
de Comercio e Industria
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