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Lunes 18 Julio, 2011

Clientelismo debilita la democracia

Una democracia exige transparencia en todos sus procesos y sus representantes deben tomar decisiones en disposición del bien de la población, y para ello, se vuelve principio inapelable en política responder a las demandas que de esta se originen.
Sin embargo, la “institucionalización” de prácticas informales en la democracia acaba por desatar eventos censurables en la ejecución de proyectos públicos y, de esta forma, debilitan las aspiraciones en la construcción democrática del Estado.
De modo concreto, el clientelismo es un mal que destruye la democracia desde adentro, atacando sus recintos más sagrados, que son la voluntad popular y el libre albedrío. La maquinaria del clientelismo se fundamenta en el principio de que el poder tiene que conservarse en manos amigas para poder servirse de él.
Lo que supone que todas las energías del sistema se ponen al servicio de la servidumbre y la corrupción humana, utilizando en beneficio propio los enormes recursos del Estado no para la alternancia sino para la conservación perpetua del poder.
Está claro que el clientelismo contribuye a consolidar un círculo de pobreza, poder y dominación, en el cual la participación política de los votantes en actos y elecciones refuerza el poder de los candidatos que se valen de estas estrategias para avanzar en su carrera política.
Cabe destacar que el clientelismo es una cultura política que articula a quien tiene poder y el que espera favores de dicho poder. Es una manera de control político en una estructura económica de amplia desigualdad social.
El intercambio tiene como propósito facilitar cosas materiales como servicios e infraestructura, más que conocimiento sobre derechos, deberes y construcción de ciudadanía. En este contexto de privaciones, los votantes solo pueden encontrar soluciones a través de su participación política.
La acción clientelar produce y reproduce la estructura de dominación, atendiendo prácticas personalistas, autoritarias y excluyentes, creando en la población, grietas profundas en la percepción de la política general a acceder a beneficios o servicios de forma igualitaria.
Así el clientelismo aparece como la manifestación más frecuente y deplorable con un Estado debilitado desde adentro, incapaz de frenar los compromisos adquiridos de previo, y confirmando en definitiva la desconfianza en el esquema de representación democrática.
Lo que implica que la sociedad civil se ve marginada y carente de oportunidades, por la complejidad de transformar patrones arraigados en la conducta de las personas, creando una profunda apatía hacia la clase política y los procesos.
Finalmente, la ausencia de mecanismos de transparencia hace que el clientelismo funcione como un modelo generador de expectativas, es decir que los criterios para elegir en una democracia representativa son limitados al valor del ofrecimiento, o promesa que pueda hacer el candidato.

Luis Fernando Allen Forbes
Director ejecutivo
Asociación Salvemos el Río Pacuare